Todos narcos hasta que se demuestre lo contrario

La incineración de droga secuestrada al narco terminó con el jefe de Consumos Problemáticos de la policía del Chaco y una banda de subalternos presos por robar cocaína.

Por Darío Zarco |

No es una novedad que el común de la gente no confía en la Policía. Lo novedoso es que cada vez confíe menos, cuando se creía que ya no quedaba margen para desconfiar.

Todos los gobiernos se adornan con la cucarda de la lucha contra el narcotráfico, y presentan el secuestro de estupefacientes como un éxito de su gestión. La afirmación es incomprobable porque el mismo indicador sirve para demostrar el crecimiento del narcotráfico.

Es muy difícil llevar las cuentas de algo que ocurría en las sombras, hasta el pasado 18 de diciembre cuando detuvieron a 7 policías robando 9 ladrillos de cocaína a plena luz del día, en medio de un operativo supervisado por jueces y fiscales provinciales y federales, el jefe de la Policía y hasta el ministro de Seguridad.

Los tipos desviaron 9,5 kilos de cocaína de la hoguera a su patrullero. Eso es el 10% de lo que debían incinerar, producto de los operativos de todo el año. La pregunta de manual es: ¿Y el resto, ardió?

El Gobierno montó el megaoperativo de incineración como parte del marketing de su la lucha contra el narcotráfico, pero terminó en el argumento de una serie muy elemental: policías narcos o viceversa.

Este avance descarado del narco es el colmo: el capo de la banda era nada menos que el jefe de Consumos Problemáticos encargado de la quema, y sus secuaces sus subordinados, todos de la misma División.

“Sabemos quiénes son y los vamos a ir a buscar”, es una muletilla del jefe de la Policía: Fernando Romero, que ya ocupó ese cargo en un gobierno anterior. Sin embargo, al decir de Diego: “Se le escapó la tortuga”. Por eso el escándalo de los narcopolicías le costó la cabeza también al Jefe de Investigaciones, al que degradaron prácticamente a tareas administrativas.

Ahora se escucha: “Los culpables, con o sin uniforme, tienen que caer”. Y que la Justicia debe “determinar responsabilidades”.

Quizás alguien piensa cortar el hilo por lo más delgado para maquillarlo como un hecho aislado y preservar al personal jerárquico al que despedirán de todos modos, vía sumario, pero por alguna razón menos deshonrosa para la institución.

Si ese es el plan, no cuaja. El comisario siempre será el jefe de la banda. Es improbable que el pinche de la comisaría le dé órdenes a su jefe del otro lado del mostrador. Nadie cree que el comisario ignore lo que pasaba en su cara, y si lo ignoraba, es mucho peor.

Pero desenmascarar a estos 7 no resuelve nada, es sólo el principio, ahora hay que saber en qué andan todos los demás.  

En una oportunidad Juan Carlos Bacileff Ivanoff, entonces vicegobernador cubriendo la licencia del gobernador Jorge Capitanich, dijo que la mitad de los aspirantes a cadetes de la Policía tenía antecedentes penales. Pero todo siguió como si nada.

En vez de pretender achicar disimuladamente el bulto, el Gobierno debería zarandear toda la Fuerza y decantar primero personal con antecedentes delictivos y adicciones, y después a quien tengan adictos y/o delincuentes en su núcleo familiar.

Por si la idea de acarrear certificados de antecedentes de toda la parentela suena exagerada: ¿De qué lado estará un policía que tiene un hermano transa? ¿Le pondrá los ganchos o lo encubrirá?  Y saliendo de la escala nuclear: ¿Cómo se comporta en su barrio donde todo el mundo vende drogas? ¿En su cuadra impera la ley o el naco? Sin embargo se insiste en la idea patológica de que el policía se desarrolle en su comunidad, como en una gran familia. Y así estamos.

En las escuelas de las zonas narcos más calientes los egresados sueñan tener su propio carro o ser policías porque las consideran aspiraciones accesible. Definitivamente la salida laboral inmediata desplazó a la vocación. Esto se resuelve fácil incrementando el ingreso a la Escuela de Policía pero limitando el ingreso efectivo a la demanda y por concurso.

Y ahora se ve clarito cuál es el camino más corto para cambiar el carro por la 4×4.

Romero admitió que el escándalo de los narcopolicías arruinó el trabajo de 2 años. Pero quedó corto: haciendo números redondos, la Policía dilapidó las últimas pocas chirolas de crédito.

En plan de recuperar prestigio, la Policía salió la última semana a buscar el gol del honor: efectivos especializados en seguridad paleando zanjas en barrios inundados por las lluvias.

Es inútil: una pala no tapa la otra.