

Por Darío Zarco |
En la administración pública, un ámbito en el que el imaginario popular cree que vale todo, prohibieron tomar mate. Por algo se empieza. Todavía falta lo demás.
La intendente Magda Ayala prohibió a los trabajadores de la Municipalidad de Barranqueras tomar mate e ingerir bizcochos y otros panificados durante su horario de trabajo. Hizo especial foco en los sectores de atención al público, la primera línea de contacto con los contribuyentes.
Explicó que era su respuesta al incesante reclamo de los vecinos que aguardaban largamente ser atendidos mientras asistían a mateadas del personal municipal, y los que iban resignados a pagar impuestos, ante tamaña displicencia, además de odiarlos los envidiaban.
Al argumento le falta la pata saludable. En los 80, el director del colegio Industrial de Sáenz Peña prohibió a los docentes tomar mate, lo llamaba “saliva verde”. En gran parte tenía razón: el mate es sinónimo de compartir y el tamaño de la ronda es directamente proporcional al intercambio de fluidos.
Hay quienes consuelan su cargo de conciencia pasándole una servilleta a la punta de la bombilla, entre mate y mate. Pero la verdad es cruel: nadie sabe qué chuparon los otros antes de la bombilla. Suena promiscuo porque es promiscuo, pero no importa.
La apología del mate dice que es parte de nuestra tradición. Hasta ahí coinciden los que están de un lado y del otro del mostrador de estas oficinas, pero el común del vulgo ve que esa tradición está más arraigada a los empleados públicos que a los gauchos.
El tema sonó en solfa en todos los medios de comunicación. Esto se resuelve con una estadística. Para saber si la restricción tiene sentido, hay que contar cuántos empleados toman mate, cuántos mates toma cada uno y cuánto tiempo les demanda. Porque hay que diferenciar a los que lo toman de un sorbo, de los que mueven la bombilla, lo giran buscando su mejor perfil, o critican la temperatura el agua o la calidad de la yerba, o aprovechan para tomar 2 o 3 seguidos aunque esté lavado.
El relevamiento podría revelar que los teléfonos celulares y las redes sociales insumen más tiempo y generan mayor distracción que el pobre mate. Pero la naturalización de la dependencia de los dispositivos móviles hace que ésta y sus consecuencias pasen desapercibidas, aún cuando muchas veces excedan los límites de la salud mental.
Pero si tocar el mate genero tanto dolor, prohibir los celulares sería desgarrador.
Antaño, para amortiguar la prohibición de fumar en lugares públicos cerrados se creó el “Sector fumadores”, donde se recluyen a despuntar el vicio los que no quieren esperar hasta la salida. Ahora podría haber un “Sector materos”, para disfrutar cada tanto un cimarrón de los de Fierro, a resguardo de miradas inquisidoras. Porque lo que da bronca no es esperar que te atiendan, sino ver que el que te hace esperar está al pedo. O dividir las áreas en “materos” y “no materos”, y crear incentivos para el personal que deje el mate y para los contribuyentes que tengan paciencia.
La sindicalista Luci Lobos se remontó varias décadas atrás, cuando durante 8 meses sin cobrar, más que pasarse el mate de mano en mano, lo abrazaban fraternalmente porque no había otra cosa, y en la necesidad surgió ese lazo inquebrantable. Y entiende que es de buen cristiano ser agradecido, y que esa gratitud debe demostrarse en las buenas y en las malas y hoy toca defender a capa y espada la noble infusión.
“No escucho y sigo. Porque mucho de lo que está prohibido me hace vivir. No me persigo. Porque mucho de lo que está prohibido me hace feliz”, cantaría Callejeros.
Antes, transgredir las reglas implicaba riesgos. Ahora alcanza con tomar un mate. Más no se puede pedir.




