La puerta giratoria goza de buenos rulemanes

La Legislatura vuelve a dividirse, esta vez a favor o en contra de la puerta giratoria.

Por Darío Zarco |

Puerta giratoria sí o no. Esa es la cuestión. El oficialismo impulsa una modificación del Código Procesal Penal para ponerle freno a la denominada puerta giratoria, el alegre stop and go del que goza la delincuencia en nuestra provincia.

La oposición no quiere tal cosa. En los últimos días escuchamos “estamos dispuestos a debatir”, lo que traducido significa “sí a la puerta giratoria”. “Lean el artículo 289”, recitan algunos. Los que dicen “lean el artículo 289”, lean el artículo 289.

Ese punto le otorga al juez discrecionalidad para ponderar los antecedentes del delincuente como agravantes o descartarlos de plano. Ergo: el artículo 289 no existe.

Como bien dicen que para muestra basta un botón, aporto un caso de los que hay miles todos los días: sólo entre la última semana de enero y fines de junio, el mismo delincuente y su banda, entraron 13 veces a mi casa a robar. Y a eso hay que sumarle la cantidad inconmensurable de robos que perpetraron en el mismo vecindario, incluso a plena luz del día.

El plaga cayó en febrero, en la avenida Castelli, en la zona sur de Resistencia. Lo acogotaron vecinos que acudieron en auxilio de la empleada de una tienda de ropa femenina a la que golpeó para robarle la plata de la caja. “Me equivoqué, y voy a pagar”, dijo, llorando para que no le pegaran.

Pidió una mediación, firmó un acuerdo y no cumplió. No sólo no cumplió con el resarcimiento pactado, sino que tampoco acató las normas de conducta impuestas por la Justicia. Desde entonces, él, su novio y su banda volvieron a robarme 9 veces, la última el día del último partido de grupo de Argentina en el Mundial. Su novio cayó horas después en otro robo y cantó todo. Se rompió la relación porque el botín no valía la pena y entonces él lo engañó y salió a robar con otro. El juicio recién fue programado para el 31 de agosto.

Con una ley de reiterancia como la gente, debería estar preso todavía, yo no hubiera perdido bienes, ni paciencia, ni tiempo yendo y viniendo al pedo a la comisaría y de fiscalía en fiscalía. Y los que agarré infraganti y empalé con el cabo de un hacha, no tendrían el culo roto.

El ejemplo es menor. Pero la cuestión puede escalar a situaciones irreversibles, como en casos de denuncias reiteradas por amenazas simples en contexto de violencia de género, en el que el agresor se compromete a no acercarse a la víctima pero se acerca. O la Justicia consuela a la víctima con un aparatito que por sí solo no resuelve nada.

La seguridad está en ruinas por la falta de perspectiva de la realidad de los actores principales y un concepto clave, malparido, que a esta altura es un error letal: “Nosotros no hacemos prevención”, me dijo una fiscal. Falso. La primera medida de prevención es la represión. Porque el delincuente se aventura a sabiendas de que nunca caerá, y que si llegara a caer, la puerta giratoria lo devolverá automáticamente a la calle sin sanción de ningún tipo.

Volviendo al ejemplo del robo:

Las víctimas ya ni siquiera denuncian porque están convencidas de que la Policía nunca atrapará al ladrón, y si lo atrapara, no recuperará lo robado, y el preso saldrá de la comisaría antes que el denunciante.

Desde el primero hasta el último policía dicen que es al pedo arriesgar el cuero porque no pueden meter preso a nadie, ya que el fiscal bocha todos los procedimientos o, en el mejor de los casos, al día siguiente ordena liberar al delincuente considerando que la misión ya está cumplida.

El fiscal es incapaz de atar un cabo para resolver un caso. No investiga. Su trabajo se tornó una cuestión administrativa donde si no le queda más remedio avanza con la causa pero si encuentra una puntita de donde agarrarse la manda a archivo. Cada vez cuesta más diferenciar un fiscal de un defensor. Y sólo para no generalizar, podría decirse que, aunque las expectativas sean prácticamente nulas, quizás haya alguna honrosa excepción.

Con la puerta giratoria a altas RPM, el juez no quiere ser el buey corneta del sistema y termina haciéndole precio a la delincuencia.

Existe pero no existe

Los que bancan a muerte este alegre carrusel, aseguran que la ley de reiterancia ya existe, pero hablan en potencial sobre sus efectos. Entonces no existe. Calculan que su implementación incrementará el hacinamiento en las cárceles y exigen que, antes de hablar de seguridad para la sociedad, el Estado construya más celdas, que invierta en confort para los delincuentes. Primero lo primero.