Parlasur, el día después

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Por Mariano Sebastián Moro |

En 2015 los argentinos votamos por primera vez para elegir nuestros representantes en el Parlasur. Este proceso, que vino solapado con las elecciones para cargos electivos internos de la Argentina, fue una gran oportunidad para darle un nuevo perfil al Mercosur, aprovechar esta herramienta que podría ayudarnos a ser más competitivos y, de esta forma, brindar mejores condiciones a nuestros productores fortaleciendo la economía de la región.

Lamentablemente vemos que el camino ha comenzado con claras inconsistencias, por lo menos en lo que al representante de nuestra provincia se refiere. El desconocimiento de lo que significa un proceso de integración regional lleva a no entender cuál es la función que debería cumplir este representante y, consecuentemente, se la trata de encorsetar en los conceptos de política interna que nada tienen que ver con aquella. Los procesos de integración no son una proyección de las políticas internas de los países miembros. No son foros o ámbitos donde los integrantes pueden plantear los problemas domésticos para solucionar las propias incapacidades de administrarse.

En síntesis, podemos proponer proyectos de declaración de interés de cualquier cuestión interna de los países, pero no solo que el proceso de integración no es para eso sino que en realidad se ve claramente entorpecido. Un proceso de integración regional no es apto para intervenir en la toma de decisiones políticas internas y menos de cuáles van a ser las políticas públicas internas.

Los procesos de integración regional sirven y fueron pensados e instrumentados para fortalecer las economías de los países miembros, aprovechando circunstancias como la vecindad y las capacidades propias, a fin de provechar los propios mercados en base a normas destinadas a evitar la discriminación y protección respecto de los mercados ajenos al proceso.

Los grandes enemigos de los procesos de integración fueron, justamente, los órganos intergubernamentales que no cedían competencias en la toma de decisión limitadas al consenso, politizando el proceso. En contrapartida el concepto de supranacionalidad, caracterizado por la cesión de competencias a los órganos regionales es lo que permite avanzar y aprovechar en su máxima ayuda.

Si prestamos atención a qué sucede en el Mercosur, vemos que es justamente todo lo que nos atrasa: órganos intergubernamentales que generan desviación de la función de proceso con poca o nula capacidad de función y alto grado de burocratización.

Ésta era la tarea que debía enfrentar el Parlasur, generar un profundo cambio en el Mercosur para que sirva realmente para lo que está pensado: un proceso supranacional, chico, eficiente, que ayude a los miembros a crecer económicamente con medidas arancelarias y aduaneras beneficiosas para que crezcan las economías regionales.

Lamentablemente no es así como se encara la nueva gestión de representantes en el Parlamento, que lo entienden como la prolongación de las viejas prácticas de política interna.

 

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