Ojos que no ven, corazón que no siente

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Por Darío Zarco |

Jorge Capitanich acaba de anotar otro récord a su CV de gobernador más groso del que se tenga memoria: una campaña proselitista de punta a punta sin mostrar sus candidatos a diputados provinciales y nacionales.

La derrota en las primarias lo sorprendió. Ya había gastado a cuenta de un triunfo arrasador pero terminó 8 puntos abajo. “Fuimos la lista más votada”, arrancó, pero ante lo evidente, ya no le dio la cara para negar todo y se declaró perdedor.

Naturalmente, la culpa no fue suya, sino de Mauricio Macri, que desde 2015 hasta 2019 le arruinó la vida a la gente que, indignada, 2 años después descargó su bronca con lo primero que se le ocurrió: votar otra vez “a Macri”, en contra de su libertador.

Pero puertas adentro se arrepintió del armado de listas. El discurso de la renovación había quedado a medias con la incorporación demasiado visible de Juan Manuel Pedrini, candidato desde siempre, y Juan José Bergia, que no se perdió ninguna elección desde su antigua época de radical.

“Mejor malo conocido que bueno por conocer” no había funcionado. Quizás porque lo que había por conocer no era tan bueno, ya que Mariela Quirós, Rodrigo Ocampo y Paola Benítez llegaron a los primeros lugares de la lista directamente desde el gabinete que él mismo criticó por no estar a la altura de las circunstancias.

Pero nunca le importó tener candidatos votables, ni referentes de sectores importantes y multitudinarios. Para Capitanich, cualquier nombre verdaderamente propio es una amenaza para su ambición de acumular poder.

El candidato siempre fue él, agazapado detrás de una lista de delegados suyos que nunca dirán pío ni cobrarán vida. No quiere repetir el error de 2019, con aliados que lo expusieron al ridículo, con mayoría propia pero sin quórum.

Ante la desesperación, se puso al frente. Primero obligó a los intendentes a meter la cabeza para licuar la responsabilidad de una derrota igual o peor. Pero tras cartón les sacó el plato para evitar que capitalizaran una posible remontada.

“Hasta el pelo más delgado hace su sombra en el suelo”, parafraseó para graficar la importancia de sumar a cualquier precio, pero no pronunció ni las iniciales de sus candidatos de adorno, exhibidores de votos, aplaudidores.

Al parecer, ninguno de ellos tenía cosas más o menos importantes para decir. Obligados por el debate, intentaron memorizar y repetir de corrido las frases que Capitanich recita en su discurso de siempre. No era difícil, pero no resultó.

Rapidísimo advirtió que una lista invisible era la mejor terapia para que «el corazón siga latiendo».

No es la primera vez que se avergüenza de sus candidatos. Ojalá sea la última.

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