No voy en tren, voy en avión

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Por Darío Zarco |

“No voy en tren, voy en avión. No necesito a nadie, a nadie alrededor. Porque no hay nadie que mi piel resista, porque no hay nadie que yo quiera ver. No veo televisión ni las revistas; no veo ya nada que no pueda ser. Por eso no voy en tren, voy en avión”, escribió y canta irónicamente Charly García.

Alberto Fernández es uno de sus salieris. Como buen guitarrista ochentoso de sobremesa, debió cantarla una infinidad de veces. Pero nunca la asimiló.

El Presidente de la Nación acaba de aterrizar en Nueva York con 48 horas de antelación para participar de la Asamblea de la Organización de las Naciones Unidas.

No fue en tren, fue en avión.

En su momento Fernando De la Rúa y después Mauricio Macri intentaron vender el Tango 01, célebre legado de la pomposa década menemista. Pero no hubo compradores para un avión viejo, caro y, sobre todo, inútilmente suntuoso. Se necesitaban varios jeques árabes para hacer una oferta privada pero ya todos tienen avión. El plan B era devolverle la configuración de fábrica para tentar a las aerolíneas, pero deshacerse del lujo era más caro que conservarlo.

Entonces el T-01 de más de 60 millones de dólares dejó de volar. Está guardado desde 2015. La “cochera” le cuesta al Estado unos 250 mil dólares anuales.

Mientras intenta ponerlo a punto o consigue otro a cambio, lo que pase primero, por un importe de entre 15 y 20 millones de dólares, Alberto viaja en aviones privados alquilados o de Aerolíneas Argentinas.

La Casa Rosada difundió una fotografía tomada durante el viaje a Estados Unidos, en la que aparecen el Presidente, el ministro de Seguridad: Aníbal Fernández, la vocera presidencial Gabriela Cerruti y muchas butacas vacías.

Más tarde se vio descender a Alberto junto a la primera dama Fabiola Yáñez y, varios escalones atrás, el canciller Santiago Cafiero.

Así, el ahorro que supone volar en la aerolínea de bandera es en realidad un despilfarro, porque no se trata de un vuelo regular sino de un exagerado chárter.

Quizás los otros 150 pasajeros no quisieron posar en las fotos, pero lo más probable es que el avión haya volado de una punta a la otra del continente prácticamente vacío. Ergo: un desperdicio.

A ojo de buen cubero se entiende que intentan mostrar que no siempre se llenan aviones en misión oficial con amigos del poder. Pero no deja de ser un gasto desproporcionado.

Haciendo números: el Gobierno que se emociona cuando los chicos conocen el mar, podría invitarlos a conocer Nueva York, y vender algunos pasajes a particulares para salvar la plata. Eso no cambiaría la importancia del viaje presidencial que seguiría siendo al pedo, pero algo es algo.

Eso, suponiendo que Alberto quiera rodearse de alguien. O, un poco más difícil: que alguien quiera rodearse de él.

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