La ruleta rusa del amor

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El Gobierrno aprovehó el atentado para expresar su amor contra el odio de la oposición, la Justicia y los medios de comunicación.

Por Darío Zarco |

Desde el cajón de Herminio Iglesias para acá, en la política argentina todo es blanco o negro según quién lo pinte. Está mal, pero es lo que hay y además es entretenido.

El sábado 27 de agosto el Frente de Todos pidió la cabeza del ministro de Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires por vallar la cuadra de la casa de la vicepresidente Cristina Fernández.

Un juez corrió a la Policía de la Ciudad y le asignó la custodia del lugar al Ministerio de Seguridad de la Nación.

5 días después un hombre gatilló una pistola en la cabeza de la vicepresidente pero nadie habló del ministro de Seguridad: Aníbal Fernández.

El tipo que debe cuidar a todos los argentinos a lo largo y ancho del país no puede garantizar la seguridad de la vicepresidente en un metro cuadrado en la puerta de su casa en la Recoleta, con 120 custodios, 3 autos blindados, y rodeada de amor militante.

No se escuchó ni pío del tema. Tanto que ni Aníbal habló (un hecho histórico, considerando su verborragia). La última vez que abrió la boca juró estar siempre del lado de Cristina, bajo cualquier circunstancia, porque aunque fuera condenara por corrupción, para él sería siempre inocente.

Con esa concepción dogmática, el Gobierno le asignó a Cristina la custodia más numerosa del país, en proporción al riesgo que considera que corre. Sin embargo, la expone, y ella misma se expone, arriesgando su integridad y hasta su vida.

El jueves la custodia más rigurosa puso su cabeza en la punta del cañón de una pistola, y mientras la gente reducía al hombre que intentó matarla ella seguía su vida firmando autógrafos con los guardias revoloteando a su alrededor en vez de cubrirla y evacuarla (un patovica de bailanta haría eso).

El Gobierno no aguantó la tentación de aprovechar al máximo la oferta, y el presidente Alberto Fernández inventó feriado y convocó al país a defender la democracia y la paz, y repudiar el atentado que ya tenía un culpable: el discurso de odio de la oposición, la Justicia y los medios de comunicación, un argumento acordado con Cristina. (Todavía no dijeron que Néstor frenó la bala).

Algunos chicatos compararon al tipo al que no le salió la bala con los alzamientos carapintada de Semana Santa del 87 y surfilaron su banderita. Pero la misma Cristina contradijo todo al día siguiente cuando salió a la calle como si la casa estuviera en orden, sin recaudos extra y, escoltada por los mismos custodios que la habían mandado al muere, subió al Toyota Corolla gris de todos los días.

Hasta ahí todo fue una DDJJ de ineptitud, y lo que siguió también.

Mirá quién habla

En Chaco, el gobernador Jorge Capitanich se alineó automática y obligatoriamente al guión e imputó el atentado al “discurso de odio” de la oposición, la Justicia y los medios de comunicación, justo él, que en nombre del Gobierno, casi en cadena nacional, hizo trizas un diario porque odia las críticas.

Amor y odio

Los sentimientos no pueden reprimirse, pero no importa, porque el problema de Argentina no es el odio, sino la intolerancia.

A nuestra intolerancia de siempre, el kirchnerismo le aportó un relato fanático, que ensancha permanentemente la grieta entre “nosotros y ellos”. Ese dogma dice que nosotros somos los buenos y ellos los malos, que ellos no piensan distinto sino que están equivocados. Que nuestro “modelo de país” es correcto y el de ellos erróneo. Nosotros construimos y ellos rompen todo. Nosotros somos el amor y ellos el odio.

La Justicia que investiga corrupción en el Gobierno, los periodistas críticos y los opositores que tienen propuestas distintas son mentirosos, desestabilizadores, “odiadores” y hay que exterminarlos. Y la marcha del amor del viernes fue para eso: un acto proselitista con todas las letras que buscó capitalizar el atentado para el lado “amor” de la grieta.

El “Presidente de la unidad de todos los argentinos” fracasó. No sólo no pudo ni podrá unir a los argentinos, sino que no logró siquiera la unidad entre él y la vice. Ella dijo en Chaco que lo eligió por inútil, y todos están de acuerdo.

Los kirchneristas odian a Alberto casi tanto como a Sergio Massa, el sapo que sí o sí tuvieron que tragar. No le perdonan haber sido la dovela clave para el triunfo de Macri que en 2015 les cortó la racha de 3 gobiernos al hilo. Pero enarbolan bien alto la bandera de humo del amor para tapar el ajuste de odio que están aplicando.

5×1

El oficialismo abona la hipótesis de que Fernando Sabag Montiel actuó impulsado por el “discurso de odio”. Pero ¿quién le inoculó tanto odio: Cristina que llamó borracha a Patricia Bullrich, o ésta que le respondió “corrupta”? ¿O ambas?

Está claro que el odio es recíproco. “Por cada uno de los nuestros caerán cinco de ellos”, dijo el General. Pero esas cuentas nunca cierran.

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