La lección de Charata: El agua no se masca

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Por Darío Zarco |

A fines de los 70, cuando el “agua corriente” se acercaba a Presidencia Roque Sáenz Peña, mi viejo por única vez en su vida me tocó un cuaderno y dibujó un “mes” de segundo grado: una perspectiva con obreros y máquinas enterrando los caños. Y el primer carnaval de los 80, Carioca, la comparsa de barrio, le dedicó la carroza al acueducto; la reina hacía equilibrio y tiraba besos desde lo más alto del “hongo” construido con ingenio y tambores de 200 litros en el taller del Gringo Sabolic.

Recuerdo perfectamente la importancia de la obra del (primer) “Acueducto Barranqueras-Sáenz Peña”, pero a nadie que se la haya atribuído, mucho menos que haya pretendido ser más vital que el agua, como ocurre en esta segunda oportunidad.

“Agua mata relato”, dijo en tono de campaña el gobernador Jorge Capitanich al abrir una canilla de en Charata. Para él, eso certificaba que el objetivo del Segundo Acueducto del Interior prometido por Néstor Kirchner en 2003 estaba cumplido. Y lloró, no por la emoción difundida oficialmente, sino por la frustración de no poder mostrar algo mejor en tan preciso momento.

La obra fue lanzada en 2009 con la primera Fiesta del Agua. Tenía un plazo de ejecución de 3 años, comenzó en 2010 y en 2021 sigue pendiente.

La elección de Charata como meta de la obra tiene argumentos técnicos pero también, y fundamentalmente, políticos.

Técnicamente: es el punto más alejado del acueducto, llevar agua hasta ahí significa que la obra está completa. Políticamente: Charata es una de las ciudades más importantes de la provincia, con mayor cantidad de habitantes y un botín electoral muy tentador.

Por interés político, la Fiesta de Agua de Capitanich se hizo ahí. Y durante el gobierno de Domingo Peppo y Mauricio Macri, aunque Capitanich no lo diga, se construyó el tramo troncal, la cisterna y la mayor parte de la red domiciliaria. “Ellos prometieron el acueducto, nosotros lo hacemos realidad”, decían los radicales en la campaña de 2017.

La politización de la obra es una de las razones por la que sigue en veremos. La lógica dice que debió habilitarse progresivamente por etapas, pueblo por pueblo, incluso con su respectiva “Fiesta del Agua”, hasta llegar a Charata y recién ahí contratar a los números artísticos más taquilleros.

Ahora el agua se acumula y degrada en 110 kilómetros de caño y demanda “reclorado”, un eufemismo que significa que hay que volver a potabilizar, pero en Charata no hay planta potabilizadora. El cloro sólo elimina bacterias, y hay que conformarse con eso, que es igual que tomar agua de una pileta. Pero, como decían las abuelas: Lo que no mata, engorda.

Para que el agua no pierda calidad hay que acortar el trayecto, pero es imposible. Entonces hay que reducir el tiempo de estancamiento, eso se logra haciéndola “corriente”, abriendo más canillas a lo largo de todo el trayecto. Pero esto demanda más agua y aún no se produce el volumen suficiente ni para abastecer a las ciudades que ya tienen sus redes a pleno, empezando por Sáenz Peña, la mayor consumidora del interior.

Las elecciones del último domingo en Charata fueron un sopapo bien chantado al Gobernador: su Frente de Todos Chaco perdió 53,7 a 41,4 contra Chaco Cambia, con canilla y todo, y con la intendente María Luisa Chomiak como candidata a diputada nacional.

No fue por la falta de muñeca de la comunicación oficial incapaz de hacer ver “la obra más grande de Latinoamérica”, ni por la mala prensa que la redujo a una canilla de pvc de media.

La canilla, como diría Diego: “…no se mancha”. Fue una lección para él, por hablar al pedo. Los charatenses le enseñaron que “el agua no se masca”.

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