Facho alfa

374

Por Darío Zarco |

Cuando parecía que el torniquete comunicacional de Capitanich no podía estar más ajustado en el sentido nazi, él mismo le dio otra vuelta y media y cree que hay margen para unas cuantas más.

Lo primero es victimizarse. La victimización siempre sirvió al totalitarismo para justificar decisiones y medidas antidemocráticas.

Y Capitanich se siente víctima de las “críticas despiadadas e infundadas”, casualmente de los medios de comunicación que no puede comprar, que no se mellan con los aprietes y que priorizan la libertad de mostrarlo tal cual es.

Los acusa de crear «marcos mentales» y obligar a la gente a pensar y actuar amañadamente. Traducido: cree a todos idiotas.

Esta teoría ya fue presentada sobre el cierre de campaña durante la ronda de entrevistas con la prensa aliada, pero no tuvo la trascendencia que pretendía. Visto desde su perspectiva: fracasó su intento de construir un marco mental.

No fue su primer fracaso prensero.

A mitad de 2020 la pandemia ya le había sacado 2 vueltas al récord logarítmico de 1002 casos que había pronosticado, y su peor hipótesis contrafáctica pasaba desapercibida entre tanta realidad.

Pero para él, el problema no era el virus, mucho menos la incapacidad para enfrentarlo desde su postura antibarbijo, sino la mala prensa que no interpretaba su gestión y liderazgo épicos y le costaba agradecerle con titulares en tapa su arrojo, aún a sabiendas de que nadie jamás podría igualarlo y arriesgar su vida por nosotros tan desinteresadamente para llevarnos por el camino de la salvación.

Por eso salió al zoom a ofrecer shows privados para empresarios de la comunicación y periodistas. Todo un VIP en medio de su interminable gira de conferencias robóticas.

Fui cordialmente invitado pero preferí apoltronarme sobre los huevos llenos de puestas en escenas en las que daba respuestas sobradamente satisfactorias a preguntas pautadas por mensajes de texto con 2  horas de anticipación, o directamente confeccionadas a medida por su propio gobierno.

Para no generalizar, podría decirse que varios colegas que ingresaron a la sesión eran oficialistas y el resto muy probablemente también. Como los asistentes le inspiraron confianza, se salteó el primer paso y arrancó directamente por la victimización.

Le llovieron centros globito pero no metió ninguno. Uno de los periodistas aprovechó y salió jugando, y, aunque elípticamente, le chantó que la mala prensa no era producto de ciertos medios o las endemoniadas redes sociales, sino de errores propios no forzados.

Le recordó lo que se transmitía a cada rato en vivo y en directo por todos los medios estatales a su servicio: un gobernador parado en el centro de la escena, rodeado de funcionarios y funcionarias de plantón, a los que costaba imaginar de carne y hueso, a pesar de algún parpadeo.

En esa escenografía, él espoliaba a todos y después les preguntaba si tenían algo para agregar; obviamente: no. Las preguntas de WhatsApp eran para que tire hasta meter las que habían ido afuera durante el recital. Y al final un periodista empleado del Gobierno le agradecía su claridad y la amabilidad de siempre.

Palabras más, palabras menos, quedó clarito que hablaba mucho, demasiado, y decía poco, o nada.

A modo de ejemplo, le refrescó su confesión: “Ya no sabemos qué hacer”, cuando asomaba lo peor de la pandemia y mientras presumía ser el que la tenía más clara. Y le planteó que, aunque no parezca, hay gente prestándole atención y que esas cosas son tan groseras y hasta bizarras que no es necesario sacarlas de contexto para asestarle un cimbronazo de los que se miden en la escala de la trascendencia nacional.

…o cuando quiso elogiar la juventud de sus funcionarios pero terminó acusándolos de no estar a la altura de la circunstancias.

Así, admitieron varios que era prácticamente imposible ser “socios” en la comunicación de las “buenas noticias” oficiales.

Estaba claro que debajo de las sábanas de los fantasmas de la realidad paralela que no lo dejaban dormir, estaban su propio bagaje imaginario y su incontinencia verbal.

Pero la historia siguió, y su gloria tuvo un antes y un después aún más cruel: la canilla de plástico, de media pulgada inaugurada en Charata. Además, ese día lloró, pero no de emoción, sino de vergüenza.

La Prensa de su gobierno, el más colosal desde el Big Bang a la fecha, no logró demostrar que, aunque suene increíble, la canillita era en verdad la mayor obra de Latinoamérica, y perdió por paliza las elecciones en la misma Charata encanillada.

Indignado, le dieron ganas de romper clarines y hoy vuelve a la carga contra la prensa. Habla de meter mano a los medios para ponerlos a la fuerza a su servicio, para surtirse de ellos como lo hace el 100 por ciento del tiempo con los medios del Estado y sus empleados públicos periodísticos, donde no hubo, no hay, ni habrá lugar para otro que no sea él, ni cabe un pío fuera de las alabanzas en su honor.

Así y todo, con la cancha costosamente por la pauta, sus legiones de trolls y el yelmo del Estado blindado a su favor, escucha pasos.

Sabe que ya no alcanza con la vaina. Por eso afila su alter ego facho (cada vez menos alter).

Comentarios

comentarios