Alberto confesó: Me creo vivo pero soy un estúpido

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Alberto Fernández prometió la más dura sanción a los violadores de la cuarentena. Él la violó.

Por Darío Zarco |

“Puede haber algún vivo/(barra) estúpido que está violando la cuarentena y sale infringiendo las reglas. A esos idiotas les digo lo mismo que vengo diciendo desde hace tiempo: la Argentina de los vivos que se zarpan y pasan por sobre los bobos, se terminó, se ter-mi-nó. Acá estamos hablando de la salud de la gente, no voy a permitir que hagan lo que quieran”, dijo nadie menos que el presidente de la Nación: Alberto Fernández, el décimo día de la cuarentena de 2 semanas que duró 2 años.

Pechito duro, amenazó: “Si lo entienden por las buenas, me encanta, si no, me han dado el poder para que lo entiendan por las malas. Y, en democracia, entenderlo por las malas es que caigan ante un juez explicando lo que hicieron”.

“Yo trato de que lo entiendan por las buenas. Al que viola la cuarentena, caigamos con todo el rigor. En este punto voy a ser inflexible y cuando a uno le queda el registro de condenado, después no lloren. ¿De acuerdo?”

En los últimos días de 2020, cuando al fin llegaron las vacunas contra el Covid, el Gobierno abrió un “Vacunatorio VIP” para invitados especiales, ventilado por un arrepentido estelar: Horacio Vertbitsky. Pero Alberto lo negó por todos los medios mientras, paradójicamente, decapitaba al más cabezón: Ginés González García, ministro de Salud, emblema moral del “Gobierno de científicos”.

“Terminemos con la payasada, yo le pido a los fiscales y a los jueces que hagan lo que deben, no hay ningún tipo penal que diga: será castigado el que vacune a otro que se adelantó en la fila. No existe ese delito”, dijo en tono de profesor de Derecho Penal de la UBA, como si considerara injusto condenar a un asesino por el mero hecho de apretar un gatillo.

El 12 de agosto de 2021, el Presidente amaneció regurgitando un trago todavía más amargo que el Vacunatorio VIP: una fiesta clandestina presidida por él 13 meses antes, en la mismísima residencia de Olivos, su secreto más celosamente guardado se había viralizado.

Otra vez negó todo, y su gobierno rompió los moldes del ridículo hablando de fotomontaje y apelando una vez más al papel de víctima de la prensa infame, hegemónica, el poder mediático concentrado y desestabilizador.

Cuando ya no había marcha atrás, admitió: «El 14 de julio, día del cumpleaños de mi querida Fabiola, ella convocó a una reunión con sus amigos y a un brindis que no debió haberse hecho, que definitivamente me doy cuenta que no debió haberse hecho. Y que lamento que haya ocurrido. Claramente me arrepiento. Mirado en retrospectiva debí haber tenido más cuidados, que evidentemente no los tuve”. Y mintió: “Todos lo supieron porque nosotros lo contamos. Porque no ocultamos nada”.

Traducido: el bravucón que decretó el encierro de un país entero y amenazó con “las malas” a quieres asomaran la nariz sin su permiso, violó su propia cuarentena.

Pero el profe de Abogacía que no vio delito alguno en el flagrante Vacunatorio VIP, no está tan chicato, y encontró rapidísimo el inciso 6 del artículo 59, que habilita al imputado la posibilidad de admitirse culpable y extinguir la acción penal por “conciliación o reparación integral del perjuicio”.

Él ofrece 1.600.000 pesos, y su querida Fabiola 1.300.000. Y acá no pasó nada.

El decreto firmado y violado por él infundía temor blandiendo el artículo 205, que impone penas de 6 meses a 2 años de prisión para “el (y la) que violare las medidas adoptadas por las autoridades competentes, para impedir la introducción o propagación de una epidemia”, e “inhabilitación por el doble de la condena” si se tratara de un funcionario público; y el 239, que fija condenas de 15 días a un año de cárcel a quien “resistiere o desobedeciere a un funcionario público en el ejercicio legítimo de sus funciones”.

Con 3 millones se compran 2 respiradores de los más baratos. Pero, por un lado: ¿Cómo se calcula la dimensión del perjuicio causado en esas circunstancias, que él considera posible reparar con dinero? Y por el otro: ¿Cuánto está dispuesto a pagar el Presidente para evitarse y evitarle a su querida 2 años de cárcel y 4 de inhabilitación para él por desobedecerse a sí mismo y poner en riesgo a todos los demás?

Tuvo derecho a guardar silencio, pero habló.

Obra su confesión: “Soy un vivo/ (barra) estúpido. Que me zarpo y paso por sobre los bobos”.

Esa Argentina que dijo que había terminado, todavía ni empezó.

Cuando le quede el regitro de «condenado», que no llore. ¿De acuerdo?

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