Arturo Umberto Illia y los argentinos

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Por Mariano Sebastián Moro |

El 28 de junio pasado se cumplieron 50 años desde el derrocamiento del Dr. Arturo Illia como Presidente de la Nación Argentina. Han pasado cincuenta años desde este hecho nefasto en la historia argentina. Si leemos las palabras que dirigió Arturo Illia al asumir la presidencia a la Asamblea Legislativa el 12 de octubre de 1963, pareciera que no ha pasado el tiempo. Los mismos temas de hoy ya estaban planteados en aquel entonces y siguen sin ser atendidos por la sociedad argentina. La política energética, los contratos petroleros, la salud pública y el acceso a los medicamentos, la educación pública como base de toda nación libre y soberana, la justicia social como la necesidad de satisfacer las necesidades materiales y espirituales del pueblo, la austeridad y compromiso de los funcionarios públicos, entre otros. En realidad, uno no puede sacar una sola palabra del discurso porque cada una tiene una significación que aun hoy resuena en nuestros oídos y puede leerse en http://www.historiaydoctrinadelaucr.com/2013/02/arturo-illia-discurso-de-asuncion-como.html.

Pero hoy, su recuerdo nos interpela a todos los argentinos y nos dice: ¿Qué hicieron todos estos años? ¿Por qué motivo nos hemos desangrado en enfrentamientos fraticidas violentos e inconducentes? ¿Por qué se han apartado del respeto a la ley y las instituciones? ¿Cuáles son los problemas que les impidieron crecer como sociedad libre, democrática, pacífica y próspera?

Lo que nos impresiona de don Arturo Illia, lo que nos conmueve seguramente no es solo su ejemplo de hombre de bien, honesto, austero, democrático, visionario, solidario, comprometido, como muchos otros argentinos. No fue el único, recuerdo ahora a Alfredo Palacios, a Lisandro de la Torre, Hipólito Yrigoyen y, por supuesto, a Raúl Alfonsín, entre otros. Lo que nos pone en jaque es nuestra propia distancia, nuestra propia incapacidad de siquiera levantar la frente y decir: “hicimos lo que pudimos”, de ser incapaces de argumentar algún fundamento siquiera endeble que justifique lo poco o nada que hicimos en estos cincuenta años de historia con un país lleno de riquezas naturales y todas las condiciones humanas para crecer.

Es un requisito indispensable para que este cuestionamiento sea productivo terminar con la visión esquizofrénica de un país escindido. Es necesario enfrentar nuestros propios demonios y aceptar que argentinos no son solo quienes nos gustan o quienes piensan como nosotros. Es necesario saber que los sangrientos procesos que pasamos, como incluso los graves abusos de poder que sufrimos, incluso en el reciente período democrático, fueron llevados adelante por argentinos, y es nuestro deber trabajar para formar conciencia de que la única vía es la democrática, pacífica, de respeto a la ley y las instituciones.

Dice don Arturo: “Ésta es la hora de la gran revolución democrática, la única que el pueblo quiere y espera; pacífica sí, pero profunda, ética y vivificante, que al restaurar las fuerzas morales de la racionalidad nos permita afrontar un destino promisorio con fe y esperanza”.

Como abogado me surgen una infinidad de respuestas a tamaña y tan terrible realidad. Graves problemas en los diseños constitucionales, la división de poderes, los sistemas de control. Pero son las mismas palabras que el mismo don Arturo nos señaló expresamente: “La esencia de la democracia no queda debidamente expresada por estructuras meramente jurídicas, o por líricas afirmaciones de dignidad humana o de igualdad de los hombres ante la ley. Todo eso, si solo fuera eso, solo sería un espejismo pernicioso para calmar las ansias del pueblo que vive en medio de duras realidades económicas. Este propósito de perfeccionamiento de la democracia no se logrará a menos que no estemos resueltos a modificar sustancialmente la actual estructura económico social de nuestro país, que devuelvan al pueblo argentino la fe en las instituciones y sus gobernantes”.

¿Cuáles son las causas que hacen que los argentinos estemos atrapados en este buque de la historia sin poder despegar hacia una realidad más inclusiva, más respetuosa de los demás, entendiéndonos como parte de un solo cuerpo social que lucha por los mismos objetivos para legar a nuestros hijos un mundo mejor?

Sin duda muchas respuestas son idóneas para analizarlo, pero lo que no podemos soslayar es la que se refiere a los valores de nuestra sociedad. No hay duda que las formas jurídicas y económicas pueden ser mejoradas, pero no hay forma de crecer si no cuestionamos fuertemente los valores que nuestra sociedad sostiene, no los que declama, sino los que reconoce en el fondo como deseables. Es nuestra tarea despegarnos de las palabras, de los discursos e ir a los hechos. Ya tenemos los discursos, nos lo han dicho hasta el cansancio hombres como Arturo Illia, ahora tenemos que ponerlos en los hechos, lo que también ya nos fue reclamado por otros pensadores expresamente como Ortega y Gasset.

Seguiremos mareados con ideologías exportadas carentes de todo sustento con nuestra realidad, o tendremos el valor de crecer sin demonizar el valor del crecimiento económico como herramienta elemental de satisfacción de las necesidades básicas y distribución social equitativa en el marco del respeto de las normas. Sostener esta tensión entre lo social y lo individual elemental de toda sociedad solidaria, justa y pacífica.

Es don Arturo quien nos recuerda: “Solo será justo nuestro orden social, cuando se logre que los recursos humanos y los materiales, unidos al avance de la técnica del país, permitan asegurar al hombre argentino, la satisfacción de sus necesidades físicas y espirituales. Pero deseamos desde ya alertar a quienes conciban la democracia social como un simple proceso de distribución. Para que pueda existir justicia de la sociedad para con el hombre es necesario que éste, a su vez, sea justo para con la sociedad y que no le niegue o retacee su esfuerzo.”

Arturo Umberto Illia: nació el 4 de agosto de 1900 en Pergamino, provincia de Buenos Aires – murió el 18 de enero de 1983. Fue médico, dirigente de la UCR, diputado, vicegobernador y presidente de la Nación, y sobre todo fue un hombre de bien.

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