Un Peronismo desarrollista

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Este 8 de mayo el Peronismo tiene la oportunidad histórica de dar inicio a un gran debate, que privilegie las ideas por sobre los personalismos, y que le ofrezca al país un modelo alternativo al que implementa la alianza que gobierna.

Desde sus orígenes, el Peronismo fue desarrollista. Perón se presentó como hombre público convocando a un Consejo Nacional de Posguerra para que diseñara el país que se aproximaba tras el conflicto. De allí surgieron los Planes Quinquenales, animados por el mismo espíritu: pensar una Estrategia Nacional de Desarrollo que genere inclusión social a través de la industrialización.

Ese peronismo desarrollista se basa, para nosotros, en tres pilares, de profundas implicancias políticas. El Primero, internacional, demanda entender que el mundo no es una amenaza pero tampoco una cancha nivelada. Convertir la globalización en una oportunidad supone rechazar tanto la apertura ingenua como el proteccionismo sin obligaciones, y obliga a una integración selectiva e inteligente a la economía mundial, que defienda y potencie los recursos nacionales.

El segundo, local y de futuro, exige comprender que no habrá desarrollo sin una Estrategia Nacional de Desarrollo. Ni la espontaneidad de los mercados ni el estatismo bobo nos darán industrialización, inclusión social, o equilibrio territorial. Necesitamos un Estado capaz de planificar y catalizar, con metas precisas, la transformación de la estructura productiva, sin la cual nunca cerraremos la grieta social.

El tercero, económico, obliga a asumir que el desarrollo requiere una sólida macroeconomía de corto plazo. Sin baja inflación no habrá ahorro en moneda local ni financiamiento autónomo para nuestro crecimiento. Sin dólar competitivo nuestro signo primarizador será imposible de revertir. Para ser una palanca del desarrollo, el acceso a crédito externo debe ser moderado, a tasas bajas y aplicado a infraestructura y no a sostener el bienestar artificial que genera el atraso cambiario.

Estos tres pilares determinan un universo ideológico preciso: dicen mucho, casi todo, sobre las políticas internas y las internacionales, las económicas y las sociales. Es clave advertir que es sobre todo en los dos primeros donde se da la oposición fundamental entre el Peronismo desarrollista y lo que declama la alianza de centroderecha que gobierna el país.

Estos pilares también permiten juzgar cuánto hemos avanzado en los últimos años, los caminos errados y las asignaturas pendientes. La experiencia de la última década generó un reencuentro del Peronismo con parte central de su identidad: el Estado recuperó herramientas y centralidad; la política reivindicó su soberanía y arbitró intereses privilegiando a los trabajadores; las asignaciones sociales crearon derechos universales para los más débiles, niños y ancianos que habían quedado excluidos de todo; la política de derechos humanos reivindicó que el pasado solo se supera con verdad y justicia, no con revancha ni olvido.

En otros planos, tendremos que advertir el desafío de enmendar errores y superarnos. Más que expandirse, el Estado necesita hoy recuperar la capacidad de planificar la transformación productiva. La Estrategia Nacional de Desarrollo que nos debemos demanda consensos amplios, que reconozcan como expresiones legítimas de nuestra realidad a todos los sectores políticos, sociales y empresarios. El superávit fiscal y externo, la baja inflación y el dólar competitivo con que crecimos durante largos años son banderas que no tenemos porqué regalarles a los liberales.

Hacer un balance cuidadoso de fortalezas y asignaturas pendientes es clave para encarar con éxito la tarea de reconstruir, ahora en clave desarrollista, a un Peronismo victorioso, que vuelva a ser expresión mayoritaria del pueblo argentino. Un peronismo que abandone la retórica de trinchera para salir a dialogar con los argentinos acerca de lo que ocurre en las calles, en barrios y en las escuelas.

Un modelo alternativo

Seguimos creyendo que un rumbo neoliberal no podrá sintonizar con las aspiraciones de justicia social que son banderas de nuestro pueblo. Por eso, señalamos las fallas que advertimos. La baja de retenciones era necesaria para recuperar rentabilidad exportadora, pero perdimos la oportunidad de segmentar esa rentabilidad por regiones y por tamaños de productores. Había que salir del “cepo”, pero devaluar sin esfuerzos consistentes por coordinar precios, márgenes y el abastecimiento de productos, fue una decisión a espaldas del bolsillo de la gente. La tarifa energética social es positiva, pero su uniformidad se desentiende de realidades regionales profundamente asimétricas. Construir un estado inteligente es lo contrario a reducir planteles sin criterios explicitados y con espíritu de revancha.

Asimismo, esperamos que se concreten los proyectos de infraestructura que el gobierno anunció para el Norte. Pero advertimos que las obras aisladas de un enfoque integral resultan insuficientes para el desarrollo. La integración del territorio nacional demanda además de una “infraestructura blanda”, con banca de desarrollo, capacitación de mano de obra, estímulo al cambio tecnológico y apoyo a la comercialización adaptado a nuestras cadenas de valor.

El protagonismo del Parlamento es una oportunidad para avanzar en esta agenda. Allí vamos a proponer la creación de un nuevo Consejo Nacional De Desarrollo que, con pluralismo, equilibrio regional, y fuerte capacidad técnica, planifique la Argentina de largo plazo y ayude a discutir el presupuesto anual en el marco de las metas que allí se fijen.

Ni poner palos en rueda, ni callar diferencias con el gobierno, ni silenciar disensos internos. Al Peronismo desarrollista tenemos que construirlo desde el debate horizontal. El país lo necesita. Sobre todo, ahora que el gobierno va en otra dirección.

 

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