Un dictador encantador

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Por Vidal Mario |

“Fusilamientos, si, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte. Sabemos cuál hubiera sido el resultado de una batalla perdida por nosotros, y también tienen que saber esos gusanos cuál es el resultado de la batalla perdida por ellos”.

Esta terrible revelación del Che Guevara, hecha en febrero de 1959 a través del Canal 26 de televisión, marca a fuego el cimiento de violencia sobre el que se construyó el castrismo. Lo que Stalin hizo en Rusia, Castro lo hizo en Cuba.

Para fusilarlos, los presos eran puestos contra los paredones de la fortaleza colonial de La Cabaña. Por eso el Che se ganó el triste apodo de “El carnicero de La Cabaña”.

Hasta su biógrafo Jorge Castañeda reconoció en el libro “Vida y muerte del Che Guevara” que muchos de los fusilamientos de los que habló el barbudo guerrillero argentino “se llevaron a cabo sin el respeto del buen hacer de la justicia”.

Se estima que el comunismo cubano es responsable de 3.117 casos documentados de ejecuciones, y 1.162 casos de ejecuciones extrajudiciales. En Argentina, donde muchos los endiosan, Fidel y el Che hubiesen sido juzgados como criminales de guerra.

La historia debería juzgarlos no solamente por esas muertes sino también por esa copia de Archipiélago Gulag que instalaron en el país. Era un campo de trabajos forzados donde fueron a parar disidentes, homosexuales, curas, testigos de Jehová y otros elementos que para el régimen era “pura escoria”.

Así definió el Che Guevara a ese lugar: “A Guanahacabibes va la gente que no debe ir a la cárcel, gente que cometió faltas a la moral revolucionaria  de mayor o menor grado. Lo que se hace allí es trabajo duro, no trabajo bestial”.

Hay argentinos que muestran una patológica contradicción: repudian cuantas dictaduras hubo en la Argentina pero al mismo tiempo enaltecen a la dictadura militar más autoritaria y prolongada de la historia reciente de América Latina.

Una publicación nacional definió a Fidel Castro como “un dictador encantador”

Obvio: no es lo mismo tener una dictadura en casa que tenerla afuera.

Un nuevo amo: Rusia

Castro fue un traidor porque traicionó los principios democráticos que lo habían acompañado en su lucha. A fines de abril de 1959, dijo en Washington: “No coincido con el comunismo. Somos una democracia. Estamos contra todo tipo de dictaduras y por eso nos oponemos al comunismo”.

El 1° de mayo de 1959, en Buenos Aires, tras negar que hubiera presos políticos en la fortaleza de La Cabaña, insistió: “Declaramos el ideal democrático como el ideal que se ajusta a la idiosincrasia y a la aspiración de los pueblos de este continente”.

Pero apenas regresó a Cuba se sacó la máscara, imponiendo un régimen idéntico al de Rusia. En la concentración del 9 de enero de 1959 había prometido al pueblo “libertad con pan, pan sin terror”. Ahora reemplazaba el terror de Batista por otro, de color rojo.

Millones de cubanos quedaron atrapados en el mismo laberinto del régimen social comunista en que estaban atrapados todos los países del bloque soviético.

La Revolución fue un simple cambio de collares porque desde el 8 de enero de 1959 el amo era Rusia. La sumisión cubana al imperio ruso era tal que algunos escribían Cuba con la K de Kruschev.

Castro despotricaba contra el imperio norteamericano mientras el imperio soviético imponía sus dictados en la isla a cambio de un millón de dólares diarios.

Nacionalizó todas las propiedades norteamericanas que había en el país, medida que motivó el duro bloqueo económico estadounidense vigente hasta hoy.

Nadie habló en estos días que en 1962 Castro y Kruschev pusieron al mundo al borde de una guerra nuclear.

La alianza cubana con los rusos era tal que Castro hasta les permitió instalar rampas de lanzamiento de misiles nucleares. Esto llevó a una extrema tensión entre las dos superpotencias, recordada como “la crisis de los misiles”.

El 27 de octubre, Castro le pidió a Kruschev lanzar un ataque nuclear contra los Estados Unidos. “Por dura y terrible que sea, no hay otra solución”, le dijo.

Nikita Kruschev, que ya estaba negociando una salida con Kennedy, le respondió: “Encuentro su propuesta equivocada. No se deje llevar por sus sentimientos”.

Castro y el Che se enfurecieron cuando el mandatario soviético anunció que retiraba los misiles, 42 bombarderos y unos 22.000 soldados que tenía en la isla

Molesto por sus reproches, en otra carta Kruschev le dio a entender a Castro lo que hubiera sucedido con una guerra nuclear. “Cuba se hubiera quemado en los fuegos de la guerra –le dijo-. Todo el pueblo cubano hubiera perecido”.

En los años venideros, siempre obedeciendo a los dictados del imperio soviético, de Cuba salieron miles de soldados a pelear en por lo menos doce países africanos. En su territorio se entrenaron los grupos guerrilleros que después vinieron a azotar a la Argentina, y el aeropuerto de La Habana era el destino final de todo avión secuestrado en América.

Quien crea que todo eso lo hacía Castro por la felicidad de los cubanos de debería replantear su pensamiento.

Un chiste de mal gusto

En su emotivo tema “Cuando salí de Cuba”, Celia Cruz recordó por qué salió de Cuba. “Una fuerte tormenta te está azotando sin descansar”, señaló una de las estrofas.

Dicha canción recuerda que dos millones de personas, según algunas fuentes, tres millones, según otras, huyeron de Cuba. Intentando escapar, mucha gente murió.

Hasta hoy impacta uno de esos casos. El 21 de noviembre de 1999, el bote en el que catorce personas intentaban llegar a Miami naufragó. El único que milagrosamente salvó su vida luego de flotar a la deriva por el Estrecho de Florida durante dos días, aferrado a un neumático, fue Elián González, un niño de apenas seis años. Fue rescatado por unos pescadores norteamericanos.

En otro orden, Amnistía Internacional indicó que en los años 60 el régimen tenía en sus cárceles unos 20.000 presos políticos, diez años después 4.000, en 1980 1.000 y, en marzo de 2008, entre 58 a 200. Por estos últimos reclamó enérgicamente la iglesia cubana ante el nuevo presidente, Raúl Castro.

No se entiende que algunos argentinos que alegan sentir a la democracia casi como una religión elogian a un régimen que hace 57 años destruyó en Cuba las cinco raíces fundamentales de una democracia: libertad política, libertad de expresión, libertad de reunión, libertad de imprenta, e igualdad de oportunidades.

Y que las cenizas de Castro descansen ahora junto a la de José Martí parece un  chiste de mal gusto. Mientras San Martín, Bolívar y Martí dedicaron su vida a perseguir la libertad, él dedicó su vida a perseguir a la libertad misma.

Ya pronto vendrá una ola de descastrización que devolverá a la isla los vientos de libertad y de progreso que perdió hace 57 años. El deshielo ha comenzado.

Cuba ya está entendiendo que hacer negocios con los demás no es ser colonia de nadie.

Se acentuará la apertura cubana al mundo capitalista, habrá reformas económicas y muchas personas hoy prohibidas e incluso encarceladas serán rehabilitadas.

Es cuestión de tiempo, y de la evolución natural de las cosas.

 

 

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