Un cordero llamado Isaac

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Un gobernante llamado Abimelec, rey de Gerar, quiso acostarse con Sara, la mujer de Abraham.

Comparado con el episodio incestuoso que habían protagonizado Lot y sus hijas en aquella solitaria cueva, lo de este monarca fue una suerte de travesura infantil. Pero a criterio de Jehová una cosa era Lot, y otra cosa Abimelec.

Con éste sí el Señor se mostró implacable, al punto de aparecérsele personalmente en sueño para decirle: “Vas a morir, porque la mujer que has tomado es casada”.

Ocurrió que Abraham había salido de donde vivía para radicarse en Gerar donde, por alguna razón, le decía a todo el mundo que Sara no era su mujer sino su hermana.

Creía que si revelaba que era su esposa ya podía darse por muerto. “Entonces Abimelec, el rey de Gerar, mandó traer a Sara para hacerla su mujer”.

No se explica por qué dicho monarca, sin duda poderoso y con seguridad rodeado de bello y bien provisto harén, podía sentirse atraído por una mujer que ya rondaba los noventa años de edad.

Afortunadamente, no alcanzó a acostarse con la anciana dama, lo cual le salvó la vida.

“Mi Señor – le respondió a Jehová, en el mismo sueño -, ¿acaso piensas matar a quien no ha hecho nada malo?. Abraham mismo me dijo que la mujer es su hermana y ella también afirmó que él es su hermano, así que yo hice todo de buena fe. No he hecho nada malo”.

En el diálogo, desarrollado en el mundo de los sueños, el Señor le contestó: “Yo sé muy bien que lo hiciste de buena fe. Por eso no te dejé tocarla, para que no pecaras contra mí. Ahora devuélvele su esposa a ese hombre, porque él es profeta y rogará por ti para que vivas”.

Antes de desaparecer, Jehová reforzó su amenaza: “Si no se la devuelves, tú y los tuyos ciertamente morirán”.

Al día siguiente, el rey reunió a todos los del palacio para contarles su pesadilla nocturna. El pánico cundió, y se convocó a Abraham para que aclare la confusión.

El futuro patriarca de Israel les dijo que no había mentido al decir que Sara era su hermana. Aclaró que ambos eran, efectivamente, hermanos de parte de padre.

El rey, ansioso de sacarse lo antes posible la soga del cuello, le devolvió su hermana – esposa y le regaló una gran cantidad de “ovejas, vacas, esclavos y esclavas”. La donación alcanzó en total la millonaria suma de mil monedas de plata. Más aún, le dijo al extranjero que escogiera “el lugar que más te guste para vivir”.

Recién entonces “Jehová les devolvió la salud a Abimelec y a su esposa” y “sanó a sus siervas, para que pudieran tener hijos”.

Esto regularizó una situación en la cual en represalia por el incidente con Sara, “Jehová había hecho que ninguna mujer de la casa de Abimelec pudiera tener hijos”.

Isaac, el cordero

Los años seguían pasando. Un día, a Jehová se le antojó “poner a prueba” la fe de Abraham. Quería saber si su protegido le tenía miedo. “Temor de Dios”, como le dicen hoy.

Para saberlo, no tuvo mejor idea que ordenarle asesinar a su único hijo, Isaac.

Así que obligó al anciano a caminar durante tres días y trepar hasta la cumbre de un cerro para clavarle un puñal en el pecho del muchacho. Abraham era insuperablemente rico, pero toda su riqueza era insignificante comparado con Isaac, el varón que el Señor le había dado en plena ancianidad.

Y ahora le pedía que lo matara.

Sintió que el mundo desaparecía ante sus pies cuando Jehová le ordenó, con voz de trueno: “Toma a Isaac, tu único hijo, al que tanto amas, y vete a la tierra de Moriah. Una vez allá, ofrécelo en holocausto sobre el cerro que yo te señalaré”.

De los ciento setenta y cinco años que vivió, Abraham seguramente habrá recordado esas horas como las más angustiosas de su vida.

A escondidas, cuidando que su esposa Sara no lo viera, “al día siguiente, muy temprano, Abraham se levantó y ensilló su asno; cortó leña para el holocausto y se fue al lugar que Jehová le había dicho, junto con su hijo Isaac y dos de sus siervos”.

Al cabo de tres días de penosa caminata, a lo lejos divisaron el cerro. Ordenó a sus sirvientes detenerse. “Quédense aquí con el asno. El muchacho y yo seguiremos adelante, adoraremos a Jehová y luego regresaremos”, les dijo.

“Abraham tomó la leña para el holocausto y la puso sobre los hombros de Isaac; luego tomó el cuchillo y el fuego, y se fueron los dos juntos”.

El adolescente algo empezó a sospechar.

“Mira, tenemos la leña y el fuego, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?”, preguntó a su padre. “Jehová se encargará de que haya un cordero para el holocausto, hijito”, respondió el anciano. Siguieron trepando por la ladera del cerro hasta llegar a la cumbre, el lugar indicado por Jehová para el sacrificio.

Abraham se puso a construir un altar y a acomodar abundante leña sobre el mismo.

Llegado un momento, aquella pregunta de Isaac tuvo una respuesta espantosa: el cordero era él.

“Ató a su hijo y lo puso en el altar, sobre la leña”, pero en el instante supremo en que se disponía a hundir el cuchillo en el corazón de su hijo escuchó desde el cielo una voz que le decía: “No le hagas ningún daño al muchacho, porque ya sé que tienes temor de Dios, pues no te negaste a darme a tu único hijo”.

Apareció en los alrededores un carnero enredado por los cuernos entre las ramas de un arbusto. Minutos después ese pobre mamífero (no era el primero ni sería el último animal en morir en los altares del Señor) ocupaba el lugar de Isaac sobre el altar, poniendo punto final al cruel martirio de Abraham.

Mientras el carnero se consumía en el fuego del holocausto, el viejo caldeo escuchó otra voz proveniente del cielo que le acercaba otro mensaje, ésta vez consolador:

“Jehová ha dicho: Puesto que has hecho esto y no me has negado a tu único hijo, juro por mí mismo que te bendeciré mucho. Haré que tu descendencia sea tan numerosa como las estrellas del cielo y como la arena que hay a la orilla del mar”.

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