Sangriento crimen en Santa Sylvina: mató a su amigo de 37 puñaladas mientras dormía

Luciano Valdez se durmió en la sobremesa y fue atacado con un cuchillo por Nelson Peralta, con el que había compartido la cena y unos tragos previos. Este hombre, conocido como “Tortuga”, confesó el crimen.

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Luciano Valdez, de 37 años, fue atrozmente asesinado de 37 puñaladas por Nelson Peralta, un amigo suyo de 18 años con el que había compartido la cena del sábado.

La Policía fue alertada por vecinos de la víctima, que lo encontró tendido en el suelo de la habitación que alquilaba, con heridas punzocortantes en todo el cuerpo y en medio de un escenario teñido de sangre.

Los policías hallaron junto al cadáver de Luciano un cuchillo y su teléfono celular, en principio, en virtud del tenor de los mensajes, se creyó que la persona que lo había ultimado guardaba alguna relación con él.

Pero cuando los investigadores habían encaminado la pesquisa en ese sentido, un testigo aportó un dato clave: lo había visto llegar horas antes con “Tortuga”, como se conoce a Nelson Peralta. De inmediato se montó para dar con este sujeto que fue arrestado poco después.

Según publica el portal Gente de Pueblo, Tortuga no sólo confesó el crimen, sino que aportó escalofriantes detalles del sangriento episodio. Dijo que el sábado había mantenido una discusión con Luciano, pero que después se amigaron y todo había quedado tan bien entre ellos que lo había invitado a su casa.

A mitad de camino cayeron con la moto porque Luciano estaba muy ebrio por la gran cantidad y variedad de bebidas que había ingerido. Y el accidente, que fue leve, volvió a generar un entredicho entre ellos.

Al llegar a la “piecita”, Luciano invitó a Tortuga a comer chorizos y éste aceptó. En plena sobremesa, la ebriedad y el sueño vencieron a Luciano que se durmió profundamente acodado sobre la mesa.

El visitante tomó el cuchillo con el que acababan de cortar los chorizos y le asestó cuatro puñaladas en la nuca y se aprestaba a retirarse del lugar dando por terminada la jornada cuando advirtió que el anfitrión estaba vivo. Ante esta situación, volvió a empuñar el cuchillo para propinarle otra serie de “puntazos”.

Mensajes y puñaladas

Convencido de que Luciano estaba muerto, tomó su celular y le envió varios mensajes a  una mujer haciéndose pasar por Luciano, y después realizó una llamada pero no fue atendido por ella sino por su padre, por lo que cortó inmediatamente.

Entonces decidió finalmente abandonar la vivienda de su amigo cuando notó que éste aún se movía y volvió a apuñalarlo en diversas partes del cuerpo y le pegó un “planazo” con un machete. Y cuando creía haberlo rematado, Luciano, apoyándose en una silla, logró reincorporarse a medias y asirse del picaporte de la puerta intentando salir. Las puñaladas siguieron y en uno de los cuchillazos le cortó el dedo, hasta que el cuchillo se le escapó de la mano porque la sangre lo tornaba resbaloso.

Un cuchillo de repuesto

Tortuga llevaba encina un cuchillo que pensaba usar si llegaba a toparse con un sujeto con el que tenía cuentas pendientes.  En virtud de las circunstancias, consideró que debía insistir con más puñaladas contra su amigo, y sacó ese cuchillo y volvió a atacarlo hasta que consideró que ya estaba lo suficientemente quieto como para considerarlo muerto.

Finalizada la faena, cerró la puerta y se fue del lugar.

37 puñaladas y un brazo roto

Luciano Valdez que presentaba 37 puñaladas y aunque ninguna de ellas aparentaba ser potencialmente letal, el cúmulo de heridas recibidas fue más que suficiente para que muriera desangrado. Además, tenía un brazo fracturado; no se sabe si sufrió la fractura al intentar defenderse o si fue producto de la saña con la que fue atacado por su amigo Tortuga.

Sin resistencia

Tortuga fue detenido en su casa, donde recibió y respondió con asombrosa “sangre fría” a la requisitoria policial. Buscó algo de ropa y se despidió de su pareja, una jovencita de 15 años, y del pequeño  hijo de ambos.

El fiscal Ramón Ríos, relató a Gente de Pueblo su asombro por el sangriento crimen, pero también por la pasmosa tranquilidad con la que Peralta confesó el hecho, además de la minuciosidad de su relato.

 

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