Sobre el resultado de las elecciones en Estados Unidos

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Por José Sánchez |

Desde que el día 8 de noviembre del 2016 se conocieron los resultados de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el mundo entró en vilo: había ganado las elecciones quien en los sondeos previos, si bien tenía paridad de porcentajes con su oponente, en los hechos, por el estilo que había demostrado en la campaña, se asumía que jamás podría haber resultado electo.

A partir de ahí, miles de conjeturas se barajaron acerca de cómo sería su gobierno futuro, pero centrándose el análisis fundamentalmente en tratar de estudiar de dónde habían surgido los votos que lo ungieron triunfador y con ello presidente de uno de los países más poderosos del mundo.

Desde esta perspectiva se hicieron construcciones que partían del análisis de pensar en votos ocultos, votos vergüenza, voto castigo, etcétera.

Resulta evidente a la luz de los resultados, que las encuestas no habían reflejado o al menos los analistas no habían tenido en cuenta esos extremos o, por otro lado, los asesores no pudieron penetrar esa fina línea que detecte esa clase de votantes o bien sus análisis y estadísticas no han podido llegar y conocer todavía a ese electorado con claridad.

Lo cierto y concreto es que cualquier conjetura o análisis de la situación resulta absolutamente tardía, habida cuenta que las elecciones ya se han definido y su resultado ha demostrado el error de las opiniones y guarismos previos.

Es cierto que en las conversaciones que he podido tener con algunos norteamericanos unos días antes del acto eleccionario se advertía en su relato una suerte de incertidumbre sobre el resultado, pero bueno es decirlo, jamás, ninguno, dijo que podía triunfar Donald Trump.

Creo que independientemente de esos extremos que no podemos soslayar en el estudio final de la situación, el resultado tiene estrecha relación con otro fenómeno mucho más profundo: el descrédito de la vieja y tradicional política.

Escuché decir a una profesora de la George Washington University, que no se debía denostar a la política para justificar esta victoria y que se debía tratar de redoblar la inteligencia para encontrar la forma de revalorizar profesionalmente la política porque es a través de ella que los gobiernos encuentran las soluciones.

Estoy totalmente de acuerdo con esa opinión, no obstante lo cual la realidad marca otra cosa.

Creo en la política, creo en las instituciones de la democracia, descreo de los políticos parece decir el común de la gente.

El triunfo de Donald Trump tiene estrecha relación con esa visión realista. La gente descree de los políticos y de la tradicional forma de practicar política, sin asumir tal vez que no existe democracia sin práctica política.

Esta afirmación no es un mero aforismo personal, tiene su lógica realista en el BREXIT, en el NO colombiano, en el triunfo del propio Mauricio Macri, en la irrupción al mundo político de artistas, cantantes, etcétera.

La institucionalidad ha sido destruída por los políticos, o a quienes la gente identifica como esa clase que abarca a todos por igual, que con una visión personalista se han encargado de generar este descrédito que es difícil de revertir y que lamentablemente expande también sus efectos sobre la propia consideración de la democracia como forma de gobierno.

Los partidos políticos deberán entonces realizar una profunda autocrítica hacia adentro.

Este triunfo al igual que el resto de los ejemplos expuestos supra así lo exigen.

La vieja y tradicional estructura política y sus operadores están, innegablemente, en crisis, aunque aún les cueste reconocerlo. De lo contrario, ¿cuál sería la explicación lógica a estos hechos que han marcado hitos en la institucionalidad mundial?

En tanto y en cuanto este debate no se realice, despojado de toda irracionalidad y personalismo, no se vislumbra posible conseguir un cambio en la actitud del común de la gente.

El sistema político está en profunda crisis y debe ser revisado por sus operadores so pena de continuar en esta caída sin retorno.

Es imperioso que se retome la institucionalidad, es imprescindible que se devuelva la credibilidad a la clase dirigencial política, es saludable que el pueblo vuelva a creer en sus gobernantes.

La autocrítica es productiva, genera debate interno, produce movilización, moderniza la ideología y revitaliza la democracia.

Es obligación de todos contribuir a este salto, sin distinción de banderías políticas ni rangos o partidos.

No tengo dudas que esta elección norteamericana va a marcar una bisagra.

Ojalá independientemente de si se trata de un gobierno exitoso o no, sirva para generar ese cambio tan esperado y conveniente en la política global por el bien del mundo todo, pero sobre todo por el bien de nuestra patria.

 

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