Periodismo y/o promiscuidad: ponerse la camiseta no significa sacarse todo lo demás

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Por Darío Zarco |

“Chuparle la pija a Peppo y a Capitanich, a más no poder, hasta que ellos digan basta, y entonces pasar a lamerle el culo, y así alternativamente por los próximos cuatro años, con opción a cuatro años más si fueran reelectos (Sic)”.

Ese era el plan del diario en el que trabajé durante casi 12 años. “Ya sé lo que me vas a decir, y tenés razón”, confesó el dueño de entonces obligado a expresarse tan coloquialmente como yo. Y, como si fuera un secreto, agregó el pero: “Lo único que nos importa es ganar guita”.

Dijo que la decisión estaba tomada y que todos coincidían con él, excepto (presumía, por mis antecedentes) yo. Ergo, él y todos me consideraban el aguafiestas, el buey corneta que les impedía dar rienda suelta a esa orgía de soñados borbotones de pauta pública.

Como bien dicen que “sobre gustos no hay nada escrito”, no me pareció un plan lo suficientemente excitante para satisfacer mis instintos que, evidentemente, no eran tan bajos aún como para dar la talla de la tan mentada “camiseta de la empresa”.

Semejante noticia, para cualquiera sería un baldazo de agua fría, pero para mí fue una revelación: descubrí que no tenía ni la menor idea de sexo oral, porque estaba convencido de que lamerle el culo al Gobierno era lo que veníamos haciendo hacía rato.

Definitivamente, carecía de ciertas dotes extraordinarias excluyentes para emprender la nueva etapa. Pero, además, los nóveles y nobles objetivos no necesitaban periodistas. Con dos dedos y tres segundos era suficiente: Ctrl+E, Ctrl+C, Ctrl+V.

Me propuso que dispusiera del tiempo que necesitara para pensar. Volví a la Redacción, cerré los Quebrachitos y me fui como siempre, sin saludar (es mi estilo, además de mala educación), y en el año siguiente regresé tres veces, en vano, sólo para cobrar sueldos adeudados.

No pensé en “el plan”, no hacía falta. Mi nivel de concupiscencia no estaba a la altura de las circunstancias. Además, jamás cobraría por sexo, sería un fraude.

Pensé en cambio cómo explicarle a Morena, mi hija de 3 años, que su papá había cambiado drásticamente de rubro después de haberla sometido al periodismo tan desproporcionadamente, con aprietes y amenazas, robos, atentados, mucho trabajo y tanta ausencia por tan poca paga.

No. No sería necesario. Estaba seguro que a esa edad, su sabiduría la convencería de que es mejor tener las manos vacías que tenerlas sucias. Y más adelante, seguramente, aprenderá que periodismo y promiscuidad no son la misma cosa, aunque generalmente se parezcan tanto.

 

 

 

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