LTA: el barbijo te tapó la boca

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Capitanich, un exantibarbijo converso.

Por Darío Zarco |

Nunca hiciste un mea culpa por mear fuera del tarro.

Dedicaste el primer mes de la pandemia, la Fase 1, la más crítica y clave, a tirarle mierda al barbijo, a desalentar su uso. Militaste en contra cuando había que estar a favor, en el momento de mayor incertidumbre y el más oportuno para inculcar el hábito de las medidas de bioseguridad.

Cuestionaste a los intendentes Gustavo Martínez y Bruno Cipolini, de Resistencia y Presidencia Roque Sáenz Peña: donde vive media provincia, por declarar obligatorio el uso de barbijo en ámbitos públicos.

Consideraste irresponsable decretar una medida semejante porque, según vos, no era necesaria y terminaría generando una psicosis y pico de demanda inútil, pero, fundamentalmente, porque no había barbijos para todos.

Acto fallido siguiente, calificaste que sólo los quirúrgicos eran útiles pero caros, y había que reservarlos para el personal del sistema de salud. Ergo: era necesario, pero para ahorrar no lo quisiste reconocer. Incumpliste tu deber y pusiste en riesgo la salud de la población, algo por lo que ya en esos días la gente iba presa de a miles.

Pasando en limpio, insististe: “El Estado no puede exigir barbijos porque no está en condiciones de proveerlos”, y “se necesitan 44 millones de barbijos en el país y 1,2 millones para proteger a todos los chaqueños cada día, como mínimo porque sólo duran unas pocas horas”.

“Debe estar habilitado por la Anmat”, condicionaste, y consideraste contraproducente exigirlo porque la gente utilizaría cualquier cosa, se sentiría protegida, se relajaría y terminaría contagiándose de todos modos.

Tu gobierno desalentaba el uso del barbijo desde su sitio oficial y a través de la prensa oficialera. Ese último intento también fracasó. Para no asumir un error, cometiste otro.

Y otro: te resististe hasta que la realidad volvió a torcerte el brazo, y decretaste el uso obligatorio cuando ya todo el mundo tenía el suyo.

Y otro: una semana después tu Ministerio de Salud Pública promocionaba tutoriales para hacer barbijos con trapos viejos.

Y otro: mientras médicos y enfermeros caían por falta de insumos vos paseabas en escafandra con Santiago Cafiero por el barrio Toba.

Y otro.

Y otro.

Cuando tus curvas de indicadores, a medida y todo, bandearon el Power Point, seguiste derrapando: viste el negocio de las multas para quienes no acataran tus decretos. Tus diputados te dejaron solo y abriste la empresa por tu cuenta.

Saliste a rascar el fondo de la pandemia.

Para vos, un velorio con 11 personas es una fiesta clandestina a razón de 200 mil pesos por cabeza.

Hiciste caja: “50 millones de pesos” en concepto de “infracciones reconocidas”, calculaste tras la semana inaugural.

Negocio redondo. Hiciste más boletas que hisopados. Y te brillan los ojitos. Cualquiera diría que te importa más la plata que la salud.

Y ahora el barbijo. Si no hay barbijo, hay multa. ¿Por qué en vez de multar no distribuís barbijos? ¿Sacaste la diferencial? El uso de barbijo es la inversa del riesgo de contagio (leáse: “…de la recaudación”).

¿Tenés hipótesis contrafáctica del tema del barbijo? ¿Cuántos contagios y/o muertes hubieras evitado si apuntabas mejor el pito de entrada?

El barbijo te tapó la boca. Rencoroso, ahora venís por la revancha: querés que también te llene los bolsillos.

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