Lección 1: Los niños no son conejillos de Indias

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Capitanich sin alternativa. Padres y docentes ya suspendieron las clases.

Por Darío Zarco |

“No hay posibilidad de que el coronavirus llegue a la Argentina”, “no vive con altas temperaturas”, dijo el ministro de Salud Pública de la Nación: Ginés González García, y después: “Nunca pensé que llegaría tan rápido”, mientras el virus entraba al Chaco con 40° C.

No lo vio venir, pero siguió haciendo predicciones: aseguró que “los niños son los menos vulnerables”, como excusa para no suspender las clases mientras suspendía todo lo demás. Y el gobernador Jorge Capitanich repitió ese argumento.

La ministra de Salud: Paola Benítez pasó de “es muy difícil la prevención en los niños”, a considerar que la escuela es el mejor refugio para ellos, que empoderados de conocimiento sobre la pandemia ayudarían al Gobierno a educar a los adultos.

Mientras, moría el ingeniero César Cotichelli, exfuncionario provincial, segunda víctima fatal del coronavirus en el país, y un pequeño de 4 años se convertía en el quinto infectado en el Chaco y el primer niño en América Latina.

A pesar del triste récord, el Gobernador se niega a tomar medidas: “No está probado que haya circulación viral”, dijo, fundando en “la opinión de los expertos” su decisión de no suspender las clases como se lo ruega toda la comunidad educativa.

Como máxima autoridad de la provincia está obligado a adoptar todas las medidas a su alcance para reducir el riesgo, pero renuncia a gobernar, se ampara en probabilidades estadísticas elaboradas por expertos como Ginés González García.

Él mismo diagnosticó que “Salud Pública está en terapia intensiva”. En estas circunstancias, encerrar los chicos en las escuelas es, literalmente, mandarlos al muere.

Miles van y vienen amontonados en colectivos que cruzan de punta a punta la ciudad y a los que sube todo el mundo. Ingresan por la misma puerta de 80 centímetros flanqueada por docentes y porteros. Ocupan el mismo baño donde no hay agua ni jabón, ni toallas. Y para tomar agua segura deben llevarla de su casa.

30 niños comparten un aula de 25 metros cuadrados con otros 30 del otro turno, y los docentes y los adultos de la noche. Comparten materiales y útiles que llevan a la boca. Juegan en el mismo patio. Corren, se empujan y abrazan.

No hay botiquines ni servicio médico de emergencias.

Capitanich prometió que el lunes a primera hora todas las escuelas de la provincia tendrán agua potable, alcohol en gel, jabón y productos de limpieza “para dictar clases con absoluta normalidad”. ¿Lo hará? ¿Por qué no lo hizo antes? Sería histórico.

Por ahora ordenó cerrar las aulas de los casos sospechosos y recién cerrar la escuela cuando estos se hayan confirmado. Una especie de ruleta rusa si se toma en cuenta que docentes de materias especiales recorren la escuela de punta a punta.

Pero, como diría él, “la verdad es” que no suspende las clases por capricho. Porque no se le ocurrió antes y ahora no quiere dar el brazo a torcer. Ya dijo lo que dijo y en su juego echarse atrás es una derrota.

No obstante, la interrupción del ciclo lectivo es tan lógico que resulta inevitable. Pero es tarde, los padres ya no llevan sus hijos desde la semana pasada y los docentes llamaron a un paro. El mensaje ya fue enviado: los chicos no son conejillos de Indias.

A esta hora, insistir en sus 13 sería estúpido, pero no está descartado.

 

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