La Argentina que queremos

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Por Mariano Moro |

La sociedad argentina se encuentra shockeada ante la muerte de cinco personas y varias más intoxicadas en una fiesta electrónica en Buenos Aires. El hecho, si bien grave, no es el primero ni seguramente el último, pero la opinión pública parece sorprenderse como si fuera algo desconocido, algo que nadie sabía que ocurría. Cuando aún no terminan de resonar las consecuencias de Cromagnon, escuchamos reiteradamente en los medios frases como “los chicos no tienen la culpa”, “cerraron las canillas”, “las ambulancias tardaron una hora en llegar”, “no habían suficientes controles”,  etc…

Lo primero que surge con gran fuerza es la capacidad de negar una realidad que si bien surge manifiesta, es disfrazada con subterfugios o directamente con falsedades, algo que nos recuerda a una actitud similar en la reciente historia política. ¿Son “chicos”? ¿Nadie sabía que este tipo de fiestas está organizada para drogarse? ¿Los padres y familiares se enteraron recién ahora que sus hijos tienen esta conducta todos los fines de semana? ¿El Estado argentino tiene que dedicar fondos y esfuerzos para que un grupo social pudiente no se drogue, existiendo tantas necesidades en los servicios de salud? ¿La solución es poner más controles pagados por el Estado, o no cobrar caro el agua? Todos estos son debates que la sociedad argentina debe darse seriamente, a través de las instituciones, pero el primer paso es no mentirse, son jóvenes pero no son chicos, son mayores de edad, apañados por todo el contexto que tienen conductas altamente disfuncionales que con tal de no ocuparse los apaña. Una sociedad necesita reglas para crecer, y reglas presupone hacerse cargo de las consecuencias de las propias conductas. La libertad tiene su precio, y éste es tener que asumir las consecuencias de las decisiones y actos propios.

Otras sociedades como la sueca debaten cuestiones vinculadas a los límites del respecto de las decisiones individuales. El derecho a la eutanasia o incluso al suicidio como un derecho individual sobre el cual en última instancia tiene decisión exclusiva la persona. Uno de los debates también es el de la libertad para drogarse. ¿Es efectivo el régimen represivo de prohibición de la decisión personal de drogarse? A medir por los resultados, claramente no. No es la solución poner mayores controles o asegurar el agua. Estos temas están reclamando a gritos ser tratados seriamente por la sociedad, y obviamente no alcanza con las opiniones parciales y rápidas vertidas en los medios de comunicación.

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