Invitación a la fuga: la Primera de Sáenz Peña no es lo que parece

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El traqueteo "reventó" el carrito con ruedas de las rejas corredizas.

Por Darío Zarco |

Con las características pompas de la recta final de una campaña proselitista, diez días antes de las elecciones provinciales generales de 2017, el gobernador Domingo Peppo inauguró junto al entonces ministro de Seguridad: Martín Nievas, y al de Infraestructura: Fabián Echezarreta, la Comisaría Primera de Presidencia Roque Sáenz Peña.

Hubo corte de cintas y discursos.

“La nueva Comisaría Primera era todo un sueño y ahora es una de las mejores de la provincia, porque tiene todos los elementos y la funcionalidad que fuimos mejorando a través del proceso de construcción”, dijo Peppo.

Y Nievas completó: “La seguridad la hacemos entre todos, pero somos nosotros los responsables de generar las condiciones para que el vecino esté tranquilo. Hemos dado diferentes respuestas a demandas de la comunidad, y la construcción de este edificio es la más importante”.

El edificio, de aspecto básico pero promocionado como “un nuevo concepto de transparencia y apertura”, se suponía de máxima seguridad, constructivamente robusto y con la tecnología necesaria para el control y la vigilancia para el que fue concebido. Pero no tardó en defraudar: uy rápido se supo que no tiene cámaras, sus rejas son virtuales y la “apertura” conceptual se volvió literal.

Antes de cumplir cuatro meses, cinco peligrosos delincuentes escaparon sin necesidad de apelar a la fuerza: Dos detenidos por robo con armas, otro por lesiones con arma blanca, otro acusado de homicidio y un integrante de una banda narco internacional que operaba en El Impenetrable, Salta Formosa, Bolivia y Paraguay.

Apuntaron al llavero, se dijo que habría dejado la puerta de la celda abierta, entre otras hipótesis tanto o más surrealistas.

Todavía se hablaba del caso cuando otros dos detenidos volvieron a burlar la seguridad de uno de las más modernas comisarías de la provincia: “Violentaron un barrote de la puerta del patio interno”, dijo el director de Zona Interior: Fernando Romero. Y se ahorró ahondar en detalles a la espera del informe de los científicos que determinarían la mecánica utilizada para violentar el barrote.

Pero la meno pericia sería una exageración, ya que sobraba una foto para determinar, incluso a ojo de buen cubero, que el barrote era una barrita. La puerta de rejas fue construida con planchuelas perforadas de fábrica, atravesadas por barras de hierro “liso” de unos 10 milímetros de diámetro (quizás 12, pero no más) y un bastidor de perfil de hierro “ángulo” de 1,25 pulgadas y un espesor de 3/16 o menor.

Las barras que se enhebran en las planchuelas, rematan contra el bastidor al que fueron fijadas por un punto de soldadora. Un verdadero talón de Aquiles. Por ahí escaparon los últimos dos, sin apelar a ninguna extravagancia; ni a la fuerza bruta, y ni siquiera al ingenio.

Con eso alcanzaba para demostrar la vulnerabilidad del sistema. Pero hubo más.

Dos detenidos despegaron una barra mal soldada y se escaparon.

Este martes, los detenidos de las celdas 1, 2 y 3, protagonizaron un alboroto que en la jerga se denomina “batucada”: golpear con algún ritmo todo lo que encuentren, a modo de protesta. Fue para exigir la vuelta del antiguo régimen de visitas modificado tras la última fuga.

Generalmente, la batucada también tiene por objeto disimular otros ruidos que podrían llamar la atención de los guardias. Y en este caso, además, fue para “probar” la resistencia de las puertas corredizas de las celdas, de dudosa reputación constructiva.

Resultado: el traqueteo arruinó las ruedas, las más sencillas y corrientes que se pueden conseguir en cualquier ferretería, y los presos quedaron con la puerta en las manos.

El edificio costó casi 17 millones de pesos. Podría ser caro o barato. Pero lo urgente es determinar si hubo vicios de construcción o el proyecto no previó la seguridad, o ambas cosas.

Mientras tanto hay delincuentes prófugos y otros listos para escapar.

 

 

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