El Gobierno perdió la pelea contra el barbijo

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El gobierno de Jorge Capitanich lanzó una abierta lucha contra el barbijo, que ganó el barbijo.

Por Darío Zarco |

Éramos pocos… y el Gobierno provincial salió abiertamente a desacreditar a una de las medidas de bioseguridad en esta pandemia, la única al alcance de todos: el barbijo.

En las campañas oficiales se difunde hasta el cansancio las medidas de prevención del contagio de Covid-19, pero estas fueron mutando de acuerdo a la postura política y la disponibilidad financiera del Gobierno.

El primero en desaparecer de la lista fue el alcohol en gel, que comenzó a escasear mientras el precio trepaba a valores inconmensurables. Primero fue remplazado alcohol puro y agua al 70-30. Pero éste también aumentó, escaseó y pasó al archivo.

El día que el gobernador Jorge Capitanich se negó a cerrar las escuelas, prometió enviar el lunes 16 de marzo a primera hora un kit de productos de limpieza y alcohol, pero la cuarentena obligatoria llegó antes que la limpieza.

Fue imposible ponerle techo a los precios y la distribución de alcohol nunca estuvo en los planes. La Nación envió con los respiradores alcohol y compuestos para soluciones “sanitizantes” pero fueron directamente a Salud.

De todas las medidas para prevenir el contagio de coronavirus sólo sobrevive el lavado de manos, en su acepción literal como en sentido figurado: “El alcohol en gel, sí, es importante, pero lo mejor es agua y jabón”, dijo Capitanich.

Y en un par de días después, en una de sus últimas conferencias de prensa presenciales desalentó también el uso del barbijo, señalando las recomendaciones de la OMS pero, fundamentalmente, la necesidad de “cuidar los escasos recursos”.

Ahora su gobierno volvió a la carga definitivamente contra el barbijo.

A través de la titular del área de Control de Infecciones del hospital Perrando, recalcó que la OMS “desaconseja” el barbijo en personas sanas, y lo recomienda a personas enfermas y quienes tengan contacto directo con estas, principalmente el personal de la salud.

Apelar a argumentos de manual dejando de lado el sentido común es empujar a la gente al riesgo de contagio, ya que el largo período asintomático del coronavirus podría hacer que cualquiera contagiara o se contagiarse sin saberlo.

Por eso el barbijo se torna indispensable para quienes abandonen bajo cualquier circunstancia el aislamiento, que no son pocos, aún en la versión más estricta de los decretos que impusieron la cuarentena obligatoria.

El argumento para el uso del barbijo es irrefutable: “por las dudas”. La misma razón por la que se ordena el aislamiento a quienes regresan del exterior. En una zona afectada por la pandemia, como Chaco, el “exterior” está en la puerta de nuestra casa.

“Los contagiadores”, como se llama en todo el mundo a quienes generaron focos de expansión ignorando estar infectados, no usaron barbijo. Miles de personas en las colas de los bancos argentinos y en las calles, tampoco.

Irresponsablemente se tilda de irresponsables a quienes los promueven, y se popularizan improvisadas pruebas para desacreditarlos simulando estornudos con aerosoles de pintura. “Si pasa, no sirve”, es la conclusión.

Aún cuando la presión del aerosol es cientos de veces mayor y un chorro de pintura no se compare con microgotas de saliva, lo que “pasa” no es lo único importante, también hay que contar lo que “no pasa”, ahí radica la capacidad del barbijo para reducir el riesgo de contagio.

Para los antibarbijos, los “artesanales” son mala palabra. Sólo valen los “N95” u otros homologados por la Anmat. Pero la Policía se jacta de utilizar los confeccionados en su propia sastrería, que no envidian la eficacia (tan dudosa) de los de Salud Pública.

En su honestidad, el Gobierno confiesa su temor a una compra compulsiva de barbijos que podría agotar el stock (subir el precio) y dejar descubiertos a quienes “de verdad lo necesiten”. Como si alguien que pretende evitar contagiarse no lo necesitara.

El barbijo debería ser obligatorio en espacios públicos pero el Gobierno no se atreve a tomar la decisión porque no hay suficientes, a pesar de admitir que el levantamiento de la cuarentena incrementará el riesgo de contagio y acelerará el avance del virus.

Por eso los gobernadores de Jujuy y Misiones, que ya le llevaron la delantera a Chaco en el control de sus límites y fronteras y la suspensión de clases, exigen el uso de barbijos en la calle. Acá, el intendente de Presidencia Roque Sáenz Peña: Bruno Cipolini, hizo lo mismo. Pero para Capitanich, sólo se trata de una movida de prensa.

A falta de barbijos para todos y todas, buenos son los cuellos de poleras, los pañuelos celestes y los verdes, las remeras y hasta el pliegue del codo. Todo sirve en circunstancias en que no se pueda tomar distancia o fallen otras medidas preventivas.

Jamás un funcionario “desaconsejó” el uso de corbatas, con lo que implica ceñirse una cuerda en torno al cuello. Desaconsejar el barbijo es meterse en lo que no le importa. Cada uno se viste como quiere. Este adminículo para la salud, ya se puso de moda.

 

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