Francisco, Kirchner, Macri y el loco

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Jorge Bergoglio, admirador de José Hernández y amigo de Jorge Luis Borges, enseñaba Química, Literatura y Psicología. Como siempre andaba con una sonrisa a flor de labios, sus alumnos del Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe lo apodaron “Carucha”.

A este cura simple, afable y de carácter alegre, le gustan los chistes de tinte religioso.

Uno de sus preferidos es este:

A un chico judío lo echaban de todas partes por indisciplinado. Otro judío le recomendó al padre un “buen colegio de curas”, garantizándole que allí lo iban a enderezar. Efectivamente, se produjo el milagro. Ya no hubo más amonestaciones ni más problemas de conducta. El padre fue al colegio y le preguntó al rector cómo había logrado encarrilarlo. “Fue muy sencillo –le respondió el sacerdote-. Ya el primer día lo tomé de una oreja, lo obligué a mirar un crucifijo y le dije: “Ese era judío como vos; si te portás mal, te va a pasar lo mismo”.

Otra de sus bromas más apreciadas consiste en que dos curas charlaban sobre un concilio que se venía. Uno preguntó: “¿Será que algún día algunos de estos concilios va a suprimir el celibato obligatorio?”. La respuesta del otro no fue muy optimista: “Yo creo que sí, pero nosotros no lo vamos a ver; lo verán nuestros hijos”.

Por circunstancias como las señaladas, llamó mucho la atención la cara de fastidio que mostró cuando recientemente recibió al presidente argentino, Mauricio Macri.

El loco 

Hubo otro momento en su vida en que también se mostró fastidiado con una persona. No fue con un Presidente, sino con un loco. En esta ocasión, hasta mintió.

Fue en un mes de enero cuando, como obispo auxiliar, estaba a cargo de la diócesis porque su superior Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires, estaba de viaje.

Faltaban minutos para las dos de la tarde y debía ir a la Estación de Once para tomar el tren a Castelar, donde estaba dando unos ejercicios espirituales a unas monjas.

Con el tiempo justo para tomar el tren, en la puerta se encontró con un loco que quería que lo confesara. Bergoglio, que no sólo era testigo del Evangelio sino que estaba haciendo un apostolado, se lo sacó de encima con una mentira: “Ahora viene un padre, te confesás con él porque yo tengo algo que hacer”. Él sabía que dicho cura venía recién al atardecer. Y prosiguió su marcha.

Pero unos metros más allá le embargó la vergüenza, volvió sobre sus pasos y le dijo al muchacho, de unos treinta años y evidente deterioro psíquico: “Vení, te confieso yo”.

Así lo hizo, dentro de la catedral, y luego se marchó con la mente puesta en el tren que seguramente ya se había ido. Al llegar a la Estación Once le informaron que el servicio estaba atrasado, y pudo tomar el mismo tren que creía haber perdido.

De regreso a la capital, fue adonde su confesor. Su actitud soberbia para con el loco le seguía pesando: “Si no me confieso, mañana no puedo  celebrar misa con esto”, se decía. Y descargó ante su confesor lo que había ocurrido.

Años después recordaría dicho incidente de esta manera: “Quebré mi propio límite, fui injusto e innoble. No ejercité la virtud de la paciencia esa tarde en la catedral, y por un tren, al que finalmente subí debido a que se atrasó. Ese atraso fue un signo del Señor, que me dijo: “¿Ves que la historia la arreglo yo?”.

Kirchner

Francisco no es de exhibir caras ni actitudes frías. No sirve para eso. Ni siquiera lo hizo después de su famosa homilía del 2004, cuando el matrimonio Kirchner decidió no asistir más a un Tedeum mientras fuese oficiado por él. En un hecho sin precedentes en 200 años de historia argentina y con tal de no verle más la cara, el entonces Presidente trasladó el oficio patrio a otras provincias.

Kirchner murió sin perdonar las cosas que escuchó en el Tedeum del año 2004.

Fiel a su principio de que es fundamental que el hombre haga y diga lo que piensa y siente, en aquella homilía Bergoglio lanzó frases como “somos pronto para la intolerancia”, “se sienten tan incluidos que excluyen a los demás, tan clarividentes que se han vuelto ciegos” y “copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor forma de ser su heredero”, entre otras.

La venganza kirchnerista tuvo forma de denuncia periodística lanzada en medio de un cónclave que tenía al autor de aquella homilía como uno de los papables. Según dicha denuncia, durante la dictadura, Bergoglio entregó a la Marina a dos sacerdotes jesuitas que trabajaban en una villa de emergencia.

A pesar de todo, pasado el tiempo, Francisco recibió gentilmente en el Vaticano a la Presidenta y exitosa empresaria hotelera Cristina Fernández de Kirchner, quien jamás lo visitó en Buenos Aires aunque lo tenía a un paso.

Macri

Alguna explicación tendrán esas fotos donde se lo ve como enojado, junto a Macri, al pontífice argentino. Éste, sin embargo, no necesita expresarse a través de fotografías. Llegado el caso lo hará sin pelos en la lengua como lo hizo siempre. Como en aquella homilía o como cuando en Buenos Aires objetó todo pago de la deuda externa que se haga sobre la base del sacrificio de los que menos tienen.

Quería recibir a Macri, y para hacerlo incluso violó el rígido protocolo que les impide a los papas recibir a jefes de Estado católicos divorciados que quieran presentarse con sus nuevas mujeres. En lo que significó la primera ruptura de las estrictas reglas del Vaticano en tal sentido, recibió a su compatriota y a su tercera esposa, Juliana Awada.

Pero en la Argentina, algunas mentalidades opositoras tomaron a aquellas fotografías como símbolos de repudio papal a la figura de Mauricio Macri.

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