Farmacity se caga en el distanciamiento

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En su local de la 9 de Julio, Farmacity sacrifica clientes para conservar su shop de golosinas.

Por Darío Zarco |

Apenas recibí el alta tras una intervención quirúrgica abdominal, crucé la 9 de Julio a comprar medicinas. En Farmar unos 10 clientes hacían cola en la vereda, preferí Farmacity donde, a simple vista, no había esperas.

Quienes conocen la sucursal de 9 de Julio y 2 saben que los pasillos entre góndolas son exageradamente estrechos, tanto que cruzarse con otro cliente te obliga a hundir la panza o terminar atascados.

Pero ese es sólo el inicio del catálogo de incoherencias en tiempos de aislamiento social por la pandemia de coronavirus.

Al ingresar debí atravesar la cola de gente que esperaba en las cajas. Ergo: si entre ellos había una distancia (insuficiente) de 1 metro, dejó de haberla. Y así pasa con cada cliente que ingresa cuando hay 3 o más esperando pagar.

En el mostrador de Farmacia protegieron al personal con acrílicos hasta por encima de la cabeza y un cartel instruye a los clientes “mantenga un metro de distancia”. Suena bien, sólo que la distancia recomendada por los protocolos de bioseguridad es siempre “superior a 1,5 metro”.

Pero, aún haciendo la vista muy gorda, ni siquiera hay un metro. Ya que el espacio de uso frente al mostrador es compartido con las góndolas. Lo que implica que, para no tomar contacto con un tercero, los clientes deban tomar contacto con otro tercero, más un cuarto, un quinto, un sexto, un séptimo, un octavo… un vigésimo…

Compré. En la cola de las cajas ocupé un lugar obvio, tomando distancia, pero evitando seguir las líneas mal determinadas en el piso, principalmente una.

Un guardia de seguridad privada, presumo, encargado de la custodia del local, me molestó para preguntarme si la dama que estaba detrás y yo estábamos juntos. Improcedente: primero, porque no le importa, y segundo porque se supone que sólo se puede ingresar individualmente.

La seguridad privada es para evitar robos, no para interrogar a los clientes. De todos modos el interrogatorio fue breve, gracias a mí.

El “no” seco no lo conformó, y me ordenó en tono castrense: “Parece ahí, en la línea roja”.

Pedagógico, le expliqué: “Estoy en la cola, sólo evito pararme en el medio del pasillo por donde todo el mundo pasa. Qué sentido tiene tomar distancia en la cola y chocarte cara a cara con todos los que ingresen”.

Insistió dragoneante: “Párese en la línea roja o no le van a cobrar. Nadie lo va a chocar, y si no quiere verles la cara mire para abajo”.

De los dos, el más robusto era yo. Él sacaba pecho. Pude haberlo golpeado por maleducado, improvisado, por vulnerar y obligar a vulnerar las normas de bioseguridad o por que sí; ser la horma de su zapato. Pero me puse crítico, le dije que tenía un humor bárbaro que desperdiciaba como seguridad.

Pasamos a la clase 2: “La línea roja, se supone, es para guardar distancia, algo improbable si bla, bla, bla. Le pedí que se parara en ese lugar para ver cómo 1 metro se volvía 25 centímetros o menos cuando alguien atravesaba la cola.

No se conformó. Siguió gritando. Tomé una foto de la escena para sugerirle al encargado del local cómo resolver la falta de distanciamiento en las cajas o simplemente pedirle que se meta la raya roja en el culo.

Esto enfureció aún más al guardia, que iba y venía. Me gritaba en la nuca mientras esperaba mi tique para pagar. “Si no le gusta, pida el Libro de Quejas”, escupió. Y acepté su sugerencia.

Un sujeto que no se identificó me trajo un cuadernito que tendría que tomar mucha sopa para ser de primer grado. No homologado, sin carátula, sin foliar, lleno de quejas que nadie leyó.

Hice lo que tenía que hacer: quejarme. Y lo que no era necesario: aportar sugerencias como retirar algunas góndolas, empezando por la parafernalia de golosinas que inutilizan 24 metros cuadrados en el lugar en cuestión.

Tomé fotos a la queja y ya tenía 2 exaltados: el pechito duro de la seguridad, y el sujetito del cuadernito que, evidentemente, no tiene ni la menor idea de que (suponiendo que fuera un verdadero libro de quejas) debía darme una copia firmada, además de la respuesta.

Dijo que no se podía sacar fotos adentro de un lugar privado. Evidentemente es falso, porque pude perfectamente. Y dijo más cosas de las que dicen cuando no se sabe qué decir. Insistió tanto que le pedí que llamara a la Policía para que me llevaran preso, y hasta ofrecí llamar yo.

Tomé más fotos y devolví el cuadernito.

Con kilómetros de superficie en todo el país, Farmacity se niega a resignar un centímetro para reducir el riesgo de contagio de coronavirus en sus locales. Pretende hacerlo con un sticker.

El verdulero de mi barrio es de los truchos pero respeta las normas bioseguridad y cuida su vida y la de sus clientes. Farmacity debería seguir su ejemplo o quedarse en casa.

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