El Imperio y nosotros

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Por Vidal Mario |

Invitado por el historiador norteamericano John Fatherley, prologuista y traductor al inglés de mi nuevo libro, concreté un viaje de veinte días por tierras norteamericanas. El objeto del viaje fue presentar y promocionar mi último trabajo, “Estados Unidos: Los Comienzos”, en bibliotecas, diarios y centros culturales de Miami, Washington, Vermont, Nueva York y Nueva Jersey.

Durante una entrevista que se me hizo en el Washington Post, Alberto Avendaño, editor de la revista en español de dicho periódico, me preguntó cómo a un escritor argentino se le ocurre escribir sobre la historia colonial estadounidense.

Respondí que si el historiador norteamericano arriba citado dedicó dos de sus libros a la Guerra de la Triple Alianza y un tercero a la otra guerra que enfrentó al Paraguay con Bolivia no veía por qué un historiador sudamericano debería estar impedido de escribir sobre la historia del gran país del norte.

Por lo demás, las historias de los orígenes de todos y de cada uno de los países americanos son igual de apasionantes. No hay diferencias entre la historia de los Estados Unidos y la historia de cualquiera de los demás países de este continente.

La historia norteamericana también está llena de luchas, derrotas, triunfos, próceres, profetas, traidores, héroes, corruptos, codicias, pasiones, tormentas, imperfecciones humanas, sueños y conquistas.

La única diferencia radica en que la historia colonial norteamericana es la mejor enseñanza de las ventajas de la libertad, de la educación y del fomento de la cultura.

Los unos y los otros

Los hombres que vivían en las trece colonias inglesas del norte de América tenían como instrumentos de acción y de progreso el principio republicano y democrático.

Para esos colonos la única cosa por la cual valía la pena vivir era la libertad, en tanto que el desarrollo y el perfeccionamiento eran las metas a lograr.

La colonización inglesa se diferenció claramente de la colonización española. España trajo su asfixiante absolutismo a América. Por eso el crecimiento y el desarrollo de sus colonias americanas estuvieron congelados por siglos.

Por el contrario, los colonos ingleses trajeron a sus nuevas tierras un espíritu de gran libertad industrial, comercial y religiosa. Ese espíritu de libertad fue lo que terminó forjando la grandeza y la prosperidad de sus colonias.

Mientras en todas las posesiones españolas imperaba el absolutismo, en las colonias inglesas se hablaba de libertad de pensamiento, de República y de libertad.

Cada colonia era un gobierno libre, cada cual se manejaba como si fuera un Estado independiente. Había un gobernador, una Cámara de Senadores, una Cámara de Diputados, el famoso juicio por jurados, y las autoridades eran elegidas por la población.

En otras palabras, las colonias inglesas del norte vivían en una suerte de República mucho antes que la palabra República se pronunciara en el resto de América.

La monarquía británica nunca intervino en la fundación de esas colonias. En contraste con las políticas colonizadoras españolas y portuguesas, la emigración de colonos ingleses no fue obra de la Corona sino de empresas comerciales.

E 1810, el escritor francés Bouchot escribió lo siguiente: “América del Norte tuvo la felicidad de no recibir aventureros y hombres sin ley sino colonos honorables que con sus familias transportaron su fortuna, su industria, sus costumbres, sus creencias y, sobre todo, sus ideas de independencia. En fin, trajeron todo lo que constituye el verdadero fundamento de una sociedad”.

Esto explica por qué las colonias de la punta norte del continente americano siempre se caracterizaron por su total libertad para desarrollarse y expandirse.

Una potencia, desde siempre

Las trece colonias inglesas, que se declararon independientes el 4 de julio de 1776, ya desde sus orígenes, convertidas en Estados Unidos de América, fueron una potencia económica.

En 1803, a tan sólo 27 años de su independencia, le compraron a Francia por 15 millones de dólares 2.600.000 kilómetros cuadrados de tierra, es decir, todo el territorio que hoy es el estado de Luisiana. Dieciséis años después, en 1819, por cinco millones de dólares, le compraron Florida a España.

Cien años después de la declaración de su independencia, ya eran una potencia mundial.

El 23 de junio de 1882, la revista Times de Londres efectuó esta ponderación sobre dicho país: “El maravilloso poder de producción de bienes de los Estados Unidos desafía y aniquila todas las expectativas. Basada en una amplia y equitativa distribución de la riqueza, la presente corriente de prosperidad norteamericana ha llegado a alturas que sobrepasan todas las barreras”.

Uno se pregunta a esta altura por qué Estados Unidos antes de los cien años de su independencia ya era una potencia mundial, y países como la Argentina doscientos años después de su independencia siguen a los tumbos.

El historiador sólo cuenta historias, no tiene la respuesta a esa pregunta. Buscar la respuesta tal vez no sea tarea del historiador sino del sociólogo o de esas personas dedicadas a analizar las conductas humanas o de las sociedades civiles.

Algunos políticos y gobernantes latinoamericanos atribuyen la potencia económica norteamericana a una supuesta vocación rapiñadora del “imperialismo”.

Se equivocan. Cuando un país cae en la ruina siempre se lo debe a sí mismo, no a factores de afuera. Si sus gobernantes actuaran como corresponde, ni una coalición mundial podría doblegar a un país.

 

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