Desde el fondo de la historia, San Martín nos sigue interpelando

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Por Vidal Mario |

En estos tiempos donde en materia de comportamiento moral las cosas en el país no están tan claras como debieran, San Martín nos sigue interpelando desde el fondo de la historia.

No faltaron demagogos que se compararon con él. Uno de estos declaró la Segunda Independencia Argentina y se hizo dar el título de Libertador de la República.

Fue el mismo que, en una sola noche, en el Plaza Hotel de Buenos Aires se hizo dar el título de Doctor Honoris Causa de todas las universidades del país.

El mismo militar que creó un rico, lujurioso y variado culto a la personalidad.

Pero San Martín es único e irrepetible. Una figura que no volverá a repetirse.

A 166 años de su muerte sigue siendo un espejo en el cual pocos líderes de hoy se miran.

Un solitario

El hombre cuyo fallecimiento conmemoramos hoy era un solitario de vida errante que durante gran parte de su vida no pudo echar raíces en ningún lado. Un personaje realmente extraño para la época en que le tocó en suerte vivir.

Odiaba la ostentación, la etiqueta y la soberbia. Los soberbios para él no eran otra cosa que “pobres infelices que de golpe se encuentran con una miserable cuota de poder”.

El siguiente episodio lo muestra de cuerpo entero: el 12 de julio de 1822 entró con su ejército en el Perú sin el menor fasto. Nada de homenajes ni agasajos y con el dinero que le dieron fundó la Biblioteca Nacional de Lima.

Dos meses después, el 20 de septiembre, tras su entrevista en Guayaquil con Bolívar, llamó a congreso de diputados. Allí, para sorpresa de todos, anunció que renunciaba para ir a vivir en su chacra de “Los Barriales”, en Mendoza.

Nadie le creyó. La revolución americana había parido tantos inescrupulosos que no podían creer que alguien se desprendiera así como así del mando y de los honores. Pero se fue.

Su escueta nota de despedida decía: “Mis servicios están recompensados con usura con la satisfacción que tengo de haber cooperado a la independencia de Chile y de Perú”.

Con dos o tres acompañantes llegó a Mendoza, de donde había partido con todo un ejército.

No buscar entre los muertos al que vive

Tiempo después, se fue lejos.

No hubo misterio en cuanto a las razones de por qué puso un océano de distancia entre él y su patria.

No estaba tranquilo en su patria porque no se calmaba “la exaltación de las pasiones”.

En Mendoza le sucedieron cosas que no le dejaron otro camino que alejarse del país.

Nunca más pisaría suelo argentino. Despreciado por muchos de sus compatriotas, los últimos veinticinco años de su vida los vivió lejos de su patria.

Antes pasó por Buenos Aires a buscar a su hija Merceditas. Su “esposa y amiga” Remedios Escalada ya estaba muerta.

Si alguien supone que en Europa vivió disfrutando de dineros robados al país, supone mal.

Gran parte de su autoexilio lo pasó miserablemente. En cierta oportunidad lo ayudó uno que había sido compañero suyo de armas en España, Alejandro Aguado.

San Martín creía en la inmortalidad del alma. Así que al morir este benefactor suyo mandó hacer una lápida con esta frase bíblica: “No busquéis entre los muertos al que vive”.

El regreso

Su asma y su reuma eran potenciadas por la perturbación mental que le generaban sus bolsillos vacíos.

Los quince mil pesos que le habían mandado a cuenta de una pensión que el gobierno del Perú le había asignado y sus ahorros de seis mil pesos se esfumaron.

Hasta llegó a pedir auxilio a su amigo O’Higgins. “No me queda recurso alguno para subsistir”, le dice en una carta.

Con su hermano Justo, vivía en Bélgica en una casa de campo por cuyo alquiler pagaban 1.000 francos por mes. El dinero que el Perú le mandaba allí no valía mucho. Apenas le alcanzaba para la comida, el alquiler y el colegio de su hija.

Vivía “como un cuáquero que no veía ni trataba con ninguna persona viviente”.

A lo largo de esos años no pudo sacarse de la mente a su añorada chacra de Mendoza.

Cinco años después, la nostalgia lo venció. Con el nombre falso “José Matorras” el 21 de noviembre de 1828 se subió al “Countess of Chichester”, y regresó.

Regreso sin gloria

Llegó en el peor momento.

El 1º de diciembre de 1828 había estallado una revolución en Buenos Aires, el país estaba en guerra civil, y Lavalle había fusilado al gobernador Dorrego.

Los pasajeros bajaron del barco, menos él.

Su presencia en un barco inglés anclado en el puerto se filtró y la noticia corrió como reguero de pólvora.

La prensa unitaria lo trató de cobarde (justo a él), acusándolo de aparecer recién cuando ya no se lo necesitaba porque la guerra con el Brasil ya había terminado.

Se bajó en Montevideo, donde sí lo trataron como a un niño mimado. Hasta pusieron criados y coche a su disposición.

Regresó a Bruselas, donde había dejado a su hija internada en un colegio. Estaba más pobre que nunca porque ya no recibía la pensión del gobierno peruano.

En la capital belga llegó a mantenerse con las mercaderías que le pasaba un comerciante “con una generosidad de que se da pocos ejemplos en Europa”.

El 25 de agosto de 1830 estalló allí una revolución. Un golpe violento que incluyó saqueos, incendios, asaltos y violaciones. San Martín sacó del colegio a su hija, huyó a París y de allí a Grand- Bourg, a una casa de su amigo Aguado.

Hasta allí lo siguió la fatalidad. Una epidemia de cólera que mató a mucha gente también lo alcanzó a él y a su hija. Ella se recuperó pronto, pero él durante meses estuvo entre la vida y la muerte.

Finalmente, pasó al pueblo marítimo de Boulogne Sur Mer. Ya no debía preocuparse por dinero porque su yerno Mariano Balcarce, nombrado por Rosas, ganaba bien en la Legación de la Confederación Argentina en Francia.

El final

Ya anciano y ciego, a comienzos de agosto de 1850, tuvo la sensación de que la muerte estaba en camino. Hubo noches en que ni el opio calmaba sus dolores.

En uno de sus frecuentes ataques de dolor le dijo en francés a su hija: “¡Es la tormenta que me conduce al puerto!”.

El sábado 17 de agosto amaneció mejor. Pasó a la habitación de su hija, a quien pidió le leyera los diarios.

A las dos de la tarde, las cosas se complicaron. Se quejaba de fuertes dolores en el estómago. Su médico, doctor Jardón, acudió apresuradamente a examinarlo.

Los ataques desaparecieron y regresó la calma al enfermo. Pidió acostarse en la cama de su hija, donde se quedó mirando durante largo tiempo el techo.

Sentados al lado suyo estaban Merceditas y Mariano, hijo del general Balcarce.

En determinado momento, con un movimiento convulsivo pidió a su yerno sacar afuera a Merceditas.

Segundos después, dejó de respirar y su alma voló hacia la inmortalidad.

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