Cristina debió pedir perdón a Yrigoyen

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Por Vidal Mario |

Se cumplen hoy cien años del advenimiento al poder de Hipólito Yrigoyen, acontecimiento que marcó uno de los momentos trascendentales tanto en la historia de los partidos políticos como en la historia del desarrollo institucional del país.

El 12 de octubre de 1916, por primera vez subió al gobierno un genuino representante del pueblo, elegido en comicios libres. El júbilo del pueblo fue enorme. Había querido votar y pudo hacerlo, gracias a la ley Sáenz Peña, con gran determinación democrática.

Ese día, la multitud soltó los caballos del carruaje que trasladaba al nuevo presidente desde el Congreso, después de prestar juramento, hasta la Casa Rosada. La escena fue registrada por la prensa en grandes fotografías. Esas imágenes terminaron convirtiéndose en documentos inapelables de la popularidad del caudillo y en testimonios de valor indiscutible de nuestra historia política.

Su gestión, sin embargo, no fue fácil. Debió hacer frente a la gran crisis de posguerra agravada en 1919 con la revolución rusa, cuya onda expansiva alcanzó a nuestro país. El ejemplo ruso hizo que durante su primer mandato en la Argentina los conflictos obreros se sucedieran uno tras otro. Al  paro ferroviario de 1917 siguió el del personal de Correos de 1918, y a principios de 1919 una huelga de los metalúrgicos terminó en una lucha sangrienta de ocho días por las calles de Buenos Aires.

Este episodio pasó a la historia con la sombría denominación de “Semana Trágica”.

Pero nadie puede despojar a Yrigoyen su título de iniciador de la legislación social y obrera argentina. Dictó leyes como la de jubilación de los ferroviarios, la prohibición del pago con bonos a los trabajadores rurales y, en reacción contra la voracidad patronal, implementó la jornada laboral de ocho horas.

Con la ley de alquileres afrontó la aguda crisis de vivienda, y en 1918 propició el movimiento estudiantil que culminó con la Reforma Universitaria, a partir de la cual el alumnado comenzó a participar del gobierno de las casas de estudio.

La boina blanca de Cristina

De todas las conmemoraciones hasta hoy realizadas en memoria del centenario acontecimiento arriba citado, ninguna ha sido más polémica que la realizada por militantes kirchneristas y radicales K  en el estadio de Atlanta.

El cierre del acto estuvo a cargo nada menos que de Cristina Kirchner, quien hasta se puso la boina blanca con pompón rojo, símbolo emblemático del radicalismo.

“No nos merecemos que nos sigan mintiendo” apuntó la multimillonaria dirigente peronista, como si la población hubiera merecido que durante su gobierno se robara tan escandalosamente.

En otro tramo de su discurso aseguró que “la gran trampa es no saber qué pasó en la historia”.

Pero bien sabemos lo que pasó con el recordado caudillo radical. Seguramente lo sabe también el escritor chaqueño Mempo Giardinelli, que estaba sentado casi al lado suyo: Yrigoyen fue derrocado y confinado en la isla Martín García por una camarilla militar fascista que integraba Juan Domingo Perón.

Cristina debió aprovechar ese homenaje para pedir perdón a Yrigoyen por la participación que le cupo en aquel golpe de estado a quien después fundaría su partido.

El golpe de 1930

En 1930 el entonces capitán Perón tenía 36 años (nació en 1893, no en 1895)  y estaba casado con Aurelia Tizón. Un día de julio de aquel año fue invitado a una reunión por el teniente coronel Álvaro Alzogaray, vocero del general José Félix Uriburu, apodado “Von Pepe” por sus inclinaciones germanófilas.

En esa reunión discutieron un plan para atacar la residencia presidencial, ubicada en Brasil 1039. El plan incluía el secuestro del presidente Yrigoyen.

La idea de los golpistas consistía en usar para el ataque el camión de La Prensa que cada madrugada llevaba diarios a la estación Constitución. Escondidos en su interior irían diez comandos. Una madrugada todavía por determinar llegaría a la residencia presidencial el mismo camión de siempre. Pero ahora, en lugar de periódicos, llevaría soldados armados hasta los dientes.

Estimaban que con el el secuestro de Yrigoyen las tropas se levantarían, ocuparían la Casa Rosada y tomarían los cuarteles leales al viejo mandatario.

El 12 de agosto siguiente repasaron el plan. Esta vez lo hicieron en casa del capitán Mendioroz. Además de éste se encontraban los coroneles Mayora y Pistarini, los tenientes coroneles Pedro Pablo Ramírez y Alvaro Alzogaray, el mayor Solari y los capitanes Gay, Pipet y Perón.

Perón aceptó integrar el “Estado Mayor Revolucionario” constituido en esa segunda reunión, aunque rechazó la idea de secuestrar a Yrigoyen.

“¿Para qué?. ¿Acaso Yrigoyen vale tanto?. ¿No se supone que disparado el primer tiro huirá sólo?. Al enemigo que huye más vale tenderle puente de plata”, dijo.

El 6 de septiembre siguiente, veinticinco días después de este último y secreto encuentro, el notorio conspirador civil Natalio Botana telefoneó desde el Colegio Militar a la redacción de su diario, Crítica, para pedir que activaran la sirena y anunciaran que el golpe estaba en marcha.

Caído Yrigoyen, los admiradores del fascismo europeo, entre ellos Perón, tomaron el poder en la Argentina e inauguraron la tristemente célebre “década infame”.

 

 

 

 

 

 

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