Capitanich reflota La Sumergida, su “pecado de juventud” (menemista)

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Capitanich calca en su nueva gestión las ideas publicadas en La Sumergida, el libro que resumió su propuesta electoral de 1999.

Por Darío Zarco |

En la década del 90 Jorge Capitanich era un franco agente de propaganda menemista. Recorría el país promocionando las virtudes de las privatizaciones de los servicios públicos y de la transferencia del sistema previsional a la Nación.

Pero la genética de aquellas políticas del expresidente Carlos Menem no cuajaron en el Chaco: Sameep, Secheep y el Insssep siguen acá, primero por decisión de las autoridades del momento y después por un blindaje constitucional.

En aquel contexto: 1998, Capitanich describió los problemas de la provincia y sus propuestas para solucionarlos que él mismo llamó “revolucionarias”, en un libro: “La Sumergida”, el modelo terminado de su plan para el Chaco.

Decía que la división política de la provincia era una atomización exagerada, innecesaria y contraproducente. Los 68 municipios debían compactarse en regiones conforma a sus características geográficas, productivas, sociales, culturales…

Así se lograría mayor eficiencia en la gestión y las políticas públicas se implementarían con mayor participación y control municipal y ciudadano. Proponía volver a los 8 departamentos del 50 comparando al Chaco con Dinamarca.

Para él, la digresión no era el único problema pero sí uno de los más importantes y germen del fracaso del Estado en salud, educación y seguridad, y entendía que la regionalización era el primer paso para revertirlo.

Había que “descentralizar” los sistemas, no sólo desconcentrando las estructuras funcionales, sino también las responsabilidades administrativas que comenzarían a caer sobre los municipios y la sociedad a manera de “control ciudadano”.

Para Capitanich, los hospitales y las escuelas debían autogestionarse a través de fundaciones que procuren su sustento como cualquier organización no gubernamental, quitándole obligaciones constitucionales financieras y de todo tipo al Estado.

Los hospitales debían destinarse exclusivamente a cirugías e internaciones, mientras el resto de la demanda de salud debía cubrirse con las salitas y médicos free lance contratados por zonas y con un listado de pacientes asignados.

Esto sólo podría implementarse dejando de lado la carrera sanitaria que veía como un obstáculo: los médicos dejarían de percibir un salario de Salud Pública y pasarían a cobrar por consultas incluso desde su propio consultorio.

Las escuelas dependerían directamente de la comunidad. La máxima autoridad sería el director ejecutivo de la fundación, encargado de la administración, y las cuestiones educativas estarían en manos de un director académico docente.

Habría evaluaciones permanentes para cuantificar y direccionar el aporte financiero del Estado a cada escuela, que sería directamente proporcional a la productividad. Los docentes deberían sumar puntos para ganar más y aspirar a cargos en escuelas mejor calificadas. Y los alumnos con mejores notas tendrían becas.

Como ocurriría con la carrera administrativa en el resto del Estado, el Estatuto del Docente sería soslayado y remplazado por un convenio colectivo de trabajo que exigiera mayor dedicación a los maestros y ponga límites a licencias y suplencias.

Después de más de 20 años, Capitanich volvió a ojear La Sumergida que sus partidarios llaman irónicamente “un pecado de juventud”. La conformación de un gabinete de funcionarios jóvenes y/o novatos, es la herramienta ideal para ponerlo en práctica.

Conformó 10 “regiones” de varios departamentos a través de “acuerdos voluntarios” de los intendentes convocados a “trabajar en conjunto”. Ahora cada región tendrá un municipio cabecera que concentrará las decisiones.

Sorprendidos en su buena fe, los intendentes suscribieron un régimen de premios y castigos. La “regionalización” entrará en vigor el 1 de febrero y los que aún no se enrolaron tendrán que enrolarse o quedarán al margen arrastrando a sus localidades.

Si la regionalización es meramente operativa, si no vulnera las autonomías, si no impone condiciones, si no discrimina al asignar fondos y obras, ¿cómo se repartirán 3 cuadras de pavimento entre un municipio que adhirió al plan de Capitanich y otro que no?

Lo siguiente es hacer calcar las regionales educativas, las direcciones de zona de la Policía, y las regiones sanitarias, con las 10 regiones de la nueva división política del mapa provincial, para que la descentralización sea completa: salud, educación, seguridad…

Preguntas:

¿La región 1 que comprende la zona más despoblada, tendrá la misma presencia y respuesta estatal que la 10, del Área Metropolitana y ciudades que la rodean, donde reside la mitad de los habitantes y todos los estamentos y funcionarios de la provincia?

¿En qué se parecen Basail, en el extremo este de la región 9, sobre el corredor del Mercosur, a 50 kilómetros de Resistencia, y Chorotis, en el oeste, sobre camino de tierra y a 350 kilómetros de ambulancia del Perrando?

¿Cada región tendrá su propio “Perrando”? El Gobierno no puede comprar yeso para el hospital de Villa Ángela, tercera-cuarta ciudad de la provincia, ¿construirá un nuevo sistema sanitario antes de entregárselo a los intendentes o le traspasará las ruinas?

Como intendente de Resistencia, cobró más caro el estacionamiento de autos radicados en otros municipios, incluso vecinos. ¿Ahora pretende que los municipios inviertan en escuelas y hospitales que sirvan gratuitamente a otras regiones?

Las preguntas de manual siguen.

Capitanich cree que es momento oportuno de reflotar La Sumergida. La regionalización es la puerta por la que pondrá en práctica, de manera informal, varias de las “ideas revolucionarias” que intentará catalizar con la reforma constitucional.

Los intendentes adhieren sin más remedio que caerle en gracia. Quedar afuera del mapa sería quedar afuera de todo. “No habrá auxilio financiero no reintegrable para los municipios”, dijo mientras decretaba millones para sus principales aliados.

Pasaron más de 20 años, pero… ¡estás igual!

 

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