Con Capitanich a la cabeza o con la cabeza de Capitanich

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Por Darío Zarco |

El oficialismo busca en el diálogo la unidad que perdió en el fondo de la grieta entre peppistas y coquistas. Suspender las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias de este año e intentar colar colectoras la volvió más ancha, profunda y oscura.

En 2017 las lanzas ya estaban rotas, y sólo la habilitación de las Paso disimularon la ruptura con los kirchneristas que conformaron espacios y presentaron listas al por mayor para lanzarse a la posteridad aprovechando el financiamiento del Estado.

Pero ni así pudo contener a algunos aliados rebeldes que consideró menores, un lujo que el Frente Chaco Merece Más nunca se había permitido en honor al puñadito de votos que le permitió en 2007 el primer triunfo de Jorge Capitanich.

Entonces el kirchnerismo alentaba a Capitanich a ponerse al frente de un armado que, por adentro o por afuera, se diferenciara de Domingo Peppo y su ductilidad para amoldarse en nombre de la gobernabilidad a los vericuetos de la Nación y del presidente Macri.

Él dudó y al final no se animó. La excusa fue que las elecciones de medio término no trascienden los límites de las provincias, y que no estaba en juego el “modelo nacional y popular” que recién se apostaría en las presidenciales de este año.

El Frente Grande inscribió el frente Unidad Ciudadana, la marca que Cristina Fernández acababa de crear en Buenas Aires para esquivar al PJ, y postuló a Fabricio Bolatti, funcionario de Capitanich en la gobernación, en la jefatura de Gabinete y en la intendencia.

Las malas lenguas dicen que Coqui pagó su cupo en las listas posando con Mingo y Gustavo, pero que su corazoncito y algo más estaban con Unidad Ciudadana, que no ganó pero les hizo perder esas elecciones que pensaban sacar de taquito.

Capitanich se despegó olímpicamente del fracaso oficialista, a pesar de no cumplir su promesa de triunfo arrollador en Resistencia, y terminar su primer balance como intendente con récord de cuadras de pavimento y de derrotas electorales.

Ahora llegaron las presidenciales y se terminaron las excusas. Sus acólitos lo pusieron entre la espada y la pared. “Cristina o Macri”, como aquel “Braden o Perón”. “Peppo o nosotros”. A todo o nada porque “Peppo es Macri” y “Macri es el FMI”.

Pero Capitanich perdió su turno, ya no lidera el antipeppismo (kirchnerista o no), ahora el antipeppismo lo lidera a él. De todos modos se pone al frente para aprovechar el aventón y llegar lo mejor parado posible a la mesa chica de negociación.

Hoy la tan mentada “unidad” ya no goza de la reputación de otros tiempos. El abrazo entre Peppo y Capitanich no es el gesto fraterno sino una toma para tumbar al otro de su candidatura o, en su defecto, caer los dos.

Si se separan podrían perder, pero juntarse no elimina esa posibilidad.

Aritméticamente: si Peppo y Capitanich se separan, la oposición sólo tendría que consolidar su peor piso histórico para que uno de los dos termine tercero. ¿Cuántos coquistas votarían por Peppo en una segunda vuelta, y viceversa?

Y en el otro escenario están la unidad a la fuerza y el fantasma de 2017. Peppo aspira a que Cristina abduzca a Capitanich. Pero éste planea poner en evidencia su mayoría en el Consejo Provincial del PJ o pegar el portazo.

Mientras, los coquistas y/o kirchneristas jamás peppiistas ya abrieron la fábrica de partidos y frentes electorales y están a todo vapor en tres turnos para obstruirle la marcha atrás y obligarlo a avanzar, o avanzar sin él.

 

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